Después de una apoteósica toma de posesión en la que la plaza pública retomó su lugar como centro de la conversación política nacional y a poco menos de un mes en la Casa Blanca, Barack Hussein Obama no ha tenido ni asomo de la tregua que generalmente se les otorga a los presidentes en sus primeros 100 días en el puesto.Obama empezó su gestión cumpliendo promesas de campaña. En su segundo día de trabajo, por ejemplo, emitió dos importantes órdenes ejecutivas. Con la primera, decretó el cierre de la prisión en la base naval de Guantánamo en un plazo máximo de un año. Con la segunda, prohibió el uso de la tortura en los interrogatorios a sospechosos de actos terroristas. El Presidente también firmó dos leyes que benefician a dos de los segmentos más frágiles de la población: las mujeres y los niños.
Las primeras acciones del Presidente han provocado regocijo entre las agrupaciones defensoras de los derechos humanos. “Todos los signos que estamos recibiendo del nuevo gobierno indican que el Presidente está interesado no solo en desarrollar una política respetuosa de los derechos humanos sino en reestablecer la autoridad moral del país a nivel internacional”, señala José Miguel Vivanco, director ejecutivo para Las Américas de la organización Human Rights Watch.
Los aciertos iniciales, sin embargo, no disculpan los desaciertos que, por otro lado, el propio Presidente ha asumido como errores personales. El primer fiasco fue la nominación del gobernador de Nuevo México al puesto de secretario de Comercio y que tuvo que ser descartada porque el candidato, Bill Richardson, está siendo investigado por un jurado federal. Más tarde vino la inexplicable renuncia del segundo nominado al mismo puesto pero más grave aún, fue el descubrimiento de que tres miembros de su entorno político más íntimo tenían problemas con el fisco. El tesorero Tim Geithner fue confirmado al puesto por el Senado, pero los otros dos tuvieron que renunciar a sus aspiraciones.
Así las cosas, la buena noticia es que al mes de haber asumido la Presidencia, el respaldo de los ciudadanos a Barack Obama es mayor que cuando ganó la Presidencia. Lo malo es que el país parece haber entrado en un ciclo vicioso que, al menos al corto plazo, amenaza con volver intratables los problemas financieros y económicos del país.
El sistema financiero nacional está al borde de la insolvencia y el crédito sigue siendo inaccesible para empresas e individuos que lo necesitan. Sin crédito, las empresas ajustan su producción y recortan personal. Ante la incertidumbre en el mercado laboral, los consumidores reducen sus compras, afectando así la importación y exportación de productos. “Del contagio mundial no se salva nadie”, dice el doctor en economía y comentarista de CNN, Isaac Cohen; “sin embargo, en términos generales y con algunas diferencias entre los distintos países, sobre todo los que están amparados por un tratado de libre comercio, América Latina está mejor preparada que otras regiones para el golpe”.
Pero si algo muestran los enconados desencuentros en el Congreso es que el reto económico y político que enfrenta Obama es monumental. El desacuerdo entre demócratas y republicanos en el Congreso fue tal que aunque en la Casa de Representantes el proyecto de ley fue aprobado, ningún republicano votó por el.
El mensaje de Obama, sin embargo, sigue siendo esperanzador y optimista aunque es evidente que la bastedad de la crisis ha incidido de manera directa en la reformulación de sus prioridades, estrategias, acciones, enfoques y, lo que es peor, de las metas que se había fijado para cumplir en su primer período en la Presidencia.
