Este 20 de diciembre se conmemoraron los 30 años de la invasión a Panamá. Esto despertó múltiples emociones y opiniones divergentes entre sí, con consecuencias en nuestra psicología colectiva. A menudo no somos conscientes de esas consecuencias ni las consideramos en la elaboración de políticas públicas.
Hay efectos psicológicos, tanto por la guerra como por los años de crisis que la precedieron, con el derrumbamiento de la economía, y la destrucción de propiedades públicas y privadas. Los efectos descritos incluyen el sentimiento de hostilidad, la aparición de síntomas sin explicación médica, desórdenes del sueño, abuso de alcohol y drogas, suicidio, y una mayor predisposición de los damnificados a cometer actos violentos.
El estrés postraumático no es exclusivo de los 16,000 efectivos y cerca de 3,800 reservistas y batalloneros de las Fuerzas de Defensa. La mayor dificultad para lidiar con las crisis bélicas la padece la población civil, particularmente las mujeres y niños, quienes pasan posterirmente de víctimas pasivas a ciudadanos activos.
Los traumas pueden aparecer incluso años más tarde. Pocos casos requieren de manejo médico, pero algunos pueden no recuperarse, aun con tratamiento. La población en general, por su parte, debe recibir tratamiento profesional en lo político y social, para lidiar con el estrés.
Por otra parte, las imágenes que publican los medios de comunicación tienen un efecto que influye en las acciones y emociones. Está científicamente demostrado que las noticias pueden desencadenar actos relacionados, como homicidios y suicidios, y llevar el estrés postraumático a los civiles que no estuvieron presentes en el combate. Las imágenes perturbadoras pueden quedar grabadas en la memoria para el resto de la vida e, incluso, producir enfermedad mental.
Podemos concluir que la crisis durante la dictadura militar con las violaciones a los Derechos Humanos, así como la invasión, fueron cataclismos políticos, económicos, culturales y psicológicos que nos cambiaron profundamente como sociedad. Si nuestras políticas públicas no han considerado los efectos psicológicos de nuestra propia historia, ni pensar que se hayan considerado los traumas psicológicos que puedan traer los hermanos inmigrantes a quienes el país ha abierto las puertas para que vengan a convivir pacíficamente.
El autor es mágister en ciencias políticas, doctor en ciencias de la visión y miembro de Ciencia en Panamá
