Si santa Teresa hubiera vivido en esta época, y en vez de andar por los caminos de España fundando conventos fuera una madre de adolescentes, habría aplicado su “vivo sin vivir en mí” a la vida cotidiana en vez de a sus raptos místicos: según un anteproyecto de ley que reforma la de 1985 sobre el aborto, se permitirá a las jóvenes de 16 años abortar, si así lo deciden, sin el consentimiento de sus padres.
La regla vigente permite el aborto tan solo en tres supuestos: violación, malformaciones fetales o peligro para la gestante. Sin embargo, la realidad es que alrededor de 11 mil menores abortan voluntaria e ilegalmente cada año en España (aproximadamente, el 10% del total), sin contar las mujeres adultas que recurren a la interrupción del embarazo por múltiples razones -no precisamente las incluidas en la ley- y que podrían ser penalizadas. Ellas, y el médico que lo practique. Escandalizarse por las cifras no es más que un acto de ceguera.
El anteproyecto que prepara el Ministerio de Igualdad contiene una ley de plazos que autorizaría a las mujeres a abortar libremente en las primeras 14 semanas de gestación, plazo que se extiende hasta las 22 si se detectan graves malformaciones en el feto o riesgo para la vida y la salud de la madre. Lo que ha despertado todas las alertas, sin embargo, es que las embarazadas de 16 y 17 años (la mayoría de edad es a los 18) no necesiten el consentimiento parental para someterse a la intervención.
Nadie está a favor del aborto a priori. Ni como práctica ni como método anticonceptivo. No es ningún plato de gusto para el que lo lleva a cabo y menos para la mujer. Abundar en las posibles secuelas físicas o sicológicas sería reiterativo. Lo que se defiende con la despenalización es a la mujer y la autonomía que esa mujer tiene sobre su cuerpo y sus decisiones. Hace tiempo que padres, esposos y hermanos dejaron de velar por nuestra virtud. Reiterativo también, por sabido, es que la ley de plazos se fundamenta en el supuesto de que un embrión no tiene aún las características morfológicas de la especie.
No viene al caso, sin embargo, entrar en un tema tan polémico y que levanta tantas ronchas. Los tiros van por otro lado. Y llegamos justo donde nos duele: a los padres, los padres que nos resistimos a creer que lo que hacen otros y otras lo pueden hacer también nuestros hijos. La niña de la vecina sí, pero mi niña no. Pensamos que los sermones morales y genéricos que les hemos soltado desde la infancia los resguardarán de todo mal, y olvidamos los detalles prácticos y el acto de amor supremo: ponernos en su lugar. Nuestros chicos son producto de la educación que les demos, pero también son hijos de su ambiente, de la presión social, de sus deseos y sus impulsos. La niña de 16 años que mantenga relaciones no nos lo contará por motivos obvios: pudor, miedo al castigo o simplemente para proteger su independencia y su vida privada. Con los padres no se hablan de ciertas cosas.
Está en nosotros y en el sistema de enseñanza adelantarnos a proporcionar información y confianza desde un inicio acerca de la sexualidad, del amor y de los riesgos que se corren. Aun así, y aunque el puente esté tendido, “mi niña” de 16 años puede quedar embarazada y abortar sin nuestro permiso si así lo decide. Dadas las cifras de abortos ilegales entre adolescentes, y puesto que el Código Penal español establece que a partir de los 13 años los menores pueden tener relaciones sexuales consentidas con adultos -lo que libera a estos de la acusación de abuso-, la ley en ciernes es más honesta y realista.
Sin embargo, vivo sin vivir en mí. No queremos que pase. Además, si hemos hecho una eficiente labor de zapa, tendrá las cosas claras. Pero puede pasar. En ese caso, quieran los cielos que seamos merecedores de su confianza en el momento justo en que se debata en un mar de dudas y confusión. Nuestro único mérito será que ella, nuestra niña, sepa que no es árbol sin sombra. Que puede contar con nosotros.
