FAMILIA COMO FACTOR PROTECTOR

¿Por qué los niños se van de la casa?: Albina St. Rose

Los niños y adolescentes abandonan sus hogares por múltiples razones. Para algunos sus casas se convierten en lugares que no son seguros ni estables, otros se quejan de maltrato, inadecuado manejo de la autoridad, altos niveles de violencia, burlas por sus opiniones o ideas, falta de reconocimiento de sus logros y porque les critican todo lo que hacen. Además, tienen conflictos con las parejas de sus progenitores, carencias afectivas y una comunicación deficiente, de forma que las relaciones entre padres e hijos entran en crisis permanente.

Deciden irse de casa por estar bajo presión y cargar secretos familiares que los someten a un estado de confusión, entre el amor, la ira, la tristeza o la venganza. Prefieren evitar las confrontaciones que provoquen rupturas y conflictos, tratando muchas veces de querer mantener el equilibrio, con tal de no ser los culpables de la separación de papá y mamá.

Las amenazas del ambiente exterior agravan aun más su condición, al exponerse a factores de riesgo como la influencia de personas que los llevan por mal camino. Por lo general, abandonan la escuela y se integran a hogares de familias con problemas sociales crónicos, donde prevalece el poder, el control, la delincuencia y la explotación. Esto coloca a la niñez y adolescencia en peligro, pero para ellos son lugares en que los aceptan, sin cuestionarlos tanto, y les ofrecen una acogida de puertas abiertas.

Es importante que la familia sea facilitadora y formadora en la vida de los hijos. Hay que eliminar esa frase común: “Aquí se hace lo que yo digo y punto”. Ser modelo y guía significa que se tienen que hacer cambios profundos, para transmitir valores de respeto, fidelidad, honestidad, cumplimiento de compromisos, responsabilidad, colaboración y puntualidad; con hábitos saludables que impacten positivamente la toma de decisiones en momentos de crisis.

La familia debe ser el factor protector principal, que impida todo intento de salida del hogar. Esto se evita mediante la apertura al diálogo y el acercamiento, sin que la primera reacción sea para juzgar y condenar.

Hay estilos de crianza que son saludables, como el democrático, porque crea confianza, utiliza métodos moderados, permite un ambiente de reflexión, reconocimiento al esfuerzo realizado, y promueven las habilidades sociales, los espacios de éxitos y los logros personales.

En cambio, los estilos de crianza autoritarios son rígidos, por su control excesivo, y fomentan los temores e inseguridades.

El otro extremo son los permisivos, que dicen: “Haz lo que tú quieras, eres mi niño lindo”, y el estilo negligente, en el que no hay supervisión, porque los padres están ausentes de las actividades familiares. Estos son los más frágiles.

La presión de grupo ejerce mayor control sobre lo negativo, de forma que el individuo piensa que sus problemas se resolverán con las promesas de personas que han logrado estabilidad, bienes y riquezas sin mayor esfuerzo. Los niños y adolescentes no quieren estar en otros lugares, piden vivir con sus familias, pero en un ambiente que los proteja, les brinde seguridad, atención y amor.


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