Realidad social

No dejemos de caminar



A fin de año, mi amiga Irma T. Quirós, de la “Escuela de Ciudadanía Alberto Quirós Guardia”, enviaba un mensaje a sus amigos, del cual tomo este fragmento que me hizo reflexionar:

“¿Soy una persona libre? ¿Cuido y respeto mi familia? ¿Mi vida ayuda a otras vidas a realizarse? ¿Estoy comprometida con mi comunidad? ¿Cómo puedo mejorar mi comunidad? ¿Estoy haciendo todo lo que está a mi alcance para construir una mejor sociedad? Es hora de actuar en congruencia con nuestras ideas y sueños. Todos somos responsables de esta realidad que vivimos hoy”.

Si somos capaces de responder las preguntas de Irma Quirós de forma sincera, quizás estaremos de acuerdo en que una parte importante de los panameños no estamos satisfechos con lo que somos, porque no sabemos lo que somos y lo que queremos ser. No podemos cuidar la libertad porque tenemos una noción egoísta de esa palabra; pensamos que cuidamos a la familia consumiendo seudonecesidades de una manera voraz; preferimos comprometernos con el clientelismo político que descompone el entorno comunitario. Nos empeñamos en hacer una descripción mentirosa de nosotros mismos, porque en nuestro imaginario existe la convicción de que somos una gran nación, mientras nos distanciamos de nuestro compromiso social minimizando esa idea de nación.

El panameño, al igual que muchos latinoamericanos, se caracteriza por una cultura festiva. La fiesta, los rituales y ceremonias son parte de las costumbres y tradiciones que llevamos en nuestro ADN. Acabamos de despedir un año, como solemos hacerlo los panameños, quemando muñecos alusivos a nuestros problemas, representando, simbólicamente, de esta forma nuestra inconformidad. También, alegóricamente, deberíamos echar fuego a nuestras falsas posturas moralistas y a ese individualismo servil que ha llenado de dolor y mentiras un cántaro sin fondo.

A final del año vimos cómo muchos compatriotas se empeñaban en violentar las restricciones, en organizar “parkins” y rumbas, en celebrar (¿la muerte o la vida?) sin ningún tipo de cuidado, como si hubiera la certeza de que llegó el fin del mundo. Estos largos y estresantes meses de confinamiento debieron servirnos para reciclar nuestra conducta irresponsable; para purgar la conciencia y exorcizar ese corazón narcisista.

¿Por qué esa actitud despreocupada, indiferente e insensible en un momento en que muchas familias están de luto? ¿Por qué ese poco importa para con la salud del otro?

“¿Qué nos pasa?” Con esta pregunta, el escritor Octavio Tapia Lu titula el capítulo 4 de su obra El panameño, entre el malestar, la despreocupación y la esperanza, obra que mereció el premio de literatura Ricardo Miró en la categoría de ensayo en el año 2015. En este apartado, Octavio Tapia hace una reflexión crítica de un conjunto de elementos de la realidad social y de ciertos modelos actitudinales para aproximarse a una posible respuesta.

Una parte de la respuesta está en la realidad social que vivimos y en sus constantes contradicciones que son el abono de ese comportamiento irracional. “La simple observación de la conducta colectiva del panameño medio, es lo suficientemente esclarecedora para distinguir la presencia de sentimientos de insatisfacción, malestar, angustia, desesperación individual y social, pesimismo, apatía, confusión y desorientación sociopolítica, la carencia de liderasgo, el irrespeto a las normas de convivencia institucional y cotidiana...”, escribe Tapia.

Así como Irma se planteó una serie de preguntas cívicas de cara al destino, Octavio Tapia se pregunta, con una mirada antropológica, ¿qué se incumple en el universo social panameño que afecta a toda la población? ¿Qué pasa en nuestra estructura ideológica y cultural? ¿Cuál es la esperanza imaginada del panameño en el marco de esta compleja realidad social que él mismo confronta con un comportamiento hostil y antagónico?

El actual vértigo que experimenta el panameño, la incertidumbre, la despreocupación y la indiferencia no es producto de la crisis del 2020, ya estaba entre nosotros desde hace décadas y la pandemia lo resaltó. Un malestar que tiene muchas causas como la desigualdad, las brechas sociales, la pobreza, una sistema de desarrollo insostenible, problemas de educación, poderes ocultos, ingobernabilidad y un escenario político sin referentes positivos, sin olvidar una conciencia de consumo sin sentido.

Todo esto y más ha nutrido al ser panameño de desconfianza, individualismo, un poco importa, falta de empatía y pertenencia, el todo vale y la filosofía del lumpen juega vivo que lo ha convencido de que lo fácil, lo inmediato, lo gratuito, es el camino seguro para garantizar su bienestar.

Seguramente el lector dirá que es una nota demasiado amarga y pesimista para comenzar el año. Es verdad. Sin embargo, también estoy condenado a ser un idealista que cree en la utopía. Galeano nos recuerda que la utopía nos sirve para caminar. Creo que no hay que dejar de caminar; aún hay esperanza, pero debemos tener el coraje de destruir el mito de que somos una fábula feliz, porque no lo es; pero podemos escribir un nuevo relato que nos ayude a contar una sincera historia.

El autor es escritor