Casi siempre suspendía matemáticas y en septiembre solía examinarme de esa asignatura pendiente que estropeaba los veranos. Cuento con los dedos y la tabla de multiplicar se me ha borrado en la nebulosa de aquellos guarismos indescifrables. Sin embargo, a pesar de mi nula habilidad para las ciencias, creo no haberme equivocado al deducir que muy pronto llegar a la venerable edad de los 70 será, en realidad, el ingreso en la era de los cincuentones. Los “medio tiempo” que todavía podrían pasar por jóvenes en la penumbra y con unas copas de más.
La revelación de esta inesperada ecuación se me presentó en forma de Twitter enviado por mi amigo el periodista Daniel Morcate. En el universo del diligente pájaro azul, donde la información fluye a golpe de trinos instantáneos y continuos, Morcate tuiteó que tres congresistas republicanos de la Florida proponen retrasar la edad de la jubilación a los 70. O sea, ya no sería a los 65 ó 67, que es el margen hasta ahora establecido para llegar a casa con la caja de cartón repleta de inútiles cachivaches acumulados en un cubículo. De hacerse realidad esta iniciativa paradójicamente estajanovista, deberíamos atrincherarnos en el despacho o atornillarnos a la pata del escritorio hasta llegar a lo que en otros tiempos era considerado la etapa de la vejez. El reposo y la pausa después de mucho trabajar.
No es por llevarle la contraria a estos políticos cuyos números no cuadran; ni quiero parecer que reclamo el derecho a la pereza que en el pasado reivindicó el yerno cubano de Marx, Paul Lafargue. Más bien siento una mezcla de estupor y melancolía frente a una medida que puede ser acertada pero no casa con la realidad. En una sociedad donde la fuerza arrolladora de la juventud se impone en tiempos que cambian a una velocidad vertiginosa, resulta difícil concebir un mercado laboral que va a permitir la presencia activa de un sector de la población con más ganas de jugar al golf que de aprender a manipular el último juguete de las redes sociales.
Hay muchos hombres y mujeres que pueden y desean continuar trabajando incluso pasados los 80. Suelen ser individuos con profesiones liberales, desde la docencia hasta una práctica médica. Pero la gran mayoría que se ha pasado media vida faenando en esforzadas labores físicas o circunscrita a habitáculos con ventanillas, sueña con ese dinero que ahorró para darse sus viajes o simplemente pasar las tardes en el parque disfrutando de los nietos. Seguramente para muchos de ellos el aplazamiento de la ansiada jubilación solo puede producir la certeza de que algo se dañó en el camino de su laboriosa existencia.
No deja de ser irónico que en medio de esta rabiosa crisis económica que nos muerde los bolsillos y engorda las filas de desempleados, le anticipen a los que se acercan a la penúltima etapa del viaje que aún es pronto para bajarse en la próxima estación porque no hay fondos con qué recibirlos en el andén de su merecido descanso. Si a los brillantes recién graduados universitarios para quienes internet es su segunda casa (o su verdadero hogar virtual) se les van horas buscando empleo, ¿qué pueden esperar los canosos otoñales que no sean los lunes al sol con un bote de Clairol a modo de pasaporte a una falsa juventud?
Morcate depositó la semilla del desasosiego en un breve pero significativo tweet que provocó un coro de tweets y retweets hasta convertirse en un amargo graznido colectivo. Uno no querría decepcionar a los sesudos políticos ni pasar por vago en la época de la eficiencia, la sinergia y la reinvención continua, pero es inevitable preguntarse quién será el empleador que nos empleará hasta que la osteoporosis nos venza en los pasillos de las fábricas y oficinas. Todo comenzó cuando algún necio proclamó que los 40 eran los nuevos 30 y los 50 eran como tener 40. Dejémonos de tanto cuento antiaging. Cuando los huesos crujen y en la memoria aparecen las primeras nubes sobran los eslóganes facilotes de valla publicitaria. Ya empiezo a sentir nostalgia del parque y la modorra al sol. Twitter:@ginamontaner