[MONARQUÍAS]

Todo en orden

¿Para qué sirven esas instituciones, cuyo mantenimiento, de primera y lujosa categoría, se contempla en los presupuestos del Estado, es decir que sale de los bolsillos del contribuyente?

Algunos medios de comunicación que han reportado la boda del príncipe Guillermo y Kate Middleton han intentado, a toda costa, que Diana de Gales estuviera presente en el acontecimiento. A través del recuerdo, de los símbolos, de la música o de lo que fuera. A mayor perfil bochinchoso del programa o de la cobertura, mayor ha sido el empeño de meter con calzador a la difunta en un zapato que aprieta. Los hijos la habrán recordado, no digo yo que no, que madre solo hay una, pero son otros tiempos, y justamente lo que la monarquía inglesa quiere es pasar página y dejar atrás los escándalos. El fantasma de Diana (engañada y a todas luces víctima de un sistema que la utilizó vilmente), no ayuda.

Pasada la mala racha, las piezas han encajado de nuevo y cada quien ocupa su lugar: Su majestad Isabel II, imperturbable bajo la pamela y con la lección aprendida. El príncipe consorte, más consorte que nunca; Camila, casada con Carlos como corresponde –el encanto de esta mujer tan poco encantadora en apariencia, triunfó sobre la deslumbrante belleza de Diana–; el príncipe de Gales, en su papel de eterno aspirante a un trono que su madre no tiene intención alguna de soltar, y los personajes secundarios, como Sarah Fergunson, neutralizados y fuera de la jugada. Todo en orden.

Para corroborar que allí no ha pasado nada, William y Kate se casan; le dan un aire moderno y limpio a la corona; el pueblo inglés demuestra una vez más que la monarquía le es tan esencial como el Big Ben; los invitados lucen sus mejores galas; las señoras se tocan con sombreros elegantes en unos casos y de diseños imposibles en otros, y los espíritus sencillos del mundo entero se emocionan hasta las lágrimas: el príncipe se ha casado con una plebeya. Eso sí. Millonaria.

A propósito. Según la prensa, en la cena que antecedió a la boda casi todos eran familia en cualquier grado, descendientes muchos de la reina Victoria. Debe ser por eso que las futuras reinas de Europa son en su mayoría plebeyas. Un modo de evitar la endogamia.

Aparte del espectáculo, que lo fue y que costó varias millonadas, aunque también benefició al comercio y al turismo, queda preguntarse por el papel de las monarquías en el siglo XXI. ¿Para qué sirven esas instituciones, cuyo mantenimiento, de primera y lujosa categoría, se contempla en los presupuestos del Estado, lo que quiere decir que sale de los bolsillos del contribuyente?

Las coronas que perviven en Europa dan aún el nombre oficial al territorio: Reino de España, Reino Unido o Reino de Suecia, por ejemplo, y aunque reinan pero no gobiernan, su papel representativo en la jefatura del Estado es innegable. Y que le dan un determinado glamour también lo es, pero como el término es el súmmum de la trivialidad, es insuficiente.

El caso es que los reyes están siempre ocupados y sus agendas rebosan de actividad: desde firmas a decretos importantes y viajes oficiales que promueven el comercio y el país, hasta inauguraciones, funerales de Estado o entregas de premios. Además, sus consejos políticos son siempre escuchados aunque no sabemos si atendidos, y en más de una ocasión, median entre partes en conflicto.

Aun así, los países que no los tienen no los echan de menos. Luego necesarios no son. Útiles sí, pero es cuestionable si su papel representativo justifica su existencia.

Los españoles no veneramos la monarquía como los ingleses. Quizá porque en el entretanto hemos tenido dos repúblicas y dictaduras varias, y aunque hay antimonárquicos convencidos, la mayoría la acepta sin discusión. De momento la familia real nos representa bien, y en algunos momentos de incertidumbre, el rey nos ha devuelto la calma. Lo que no es poco. Mientras el fisco aguante, que no aguanta ya mucho… Sin embargo, no es este el problema. España, como el Reino Unido o cualquiera de los países monárquicos del norte tendría que dar un vuelco social completo para que la corona desapareciera. Y ese vuelco, hoy por hoy, no se contempla. La boda de Guillermo y Kate es la prueba.


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