Érase una vez, cuando las ciudades se construían atendiendo los límites de la naturaleza, y las condiciones del entorno lo permitían…
Podemos de alguna forma empezar a contar la historia de la fundación de nuestra ciudad de esta manera y tendría mucho sentido, ya que los colonizadores del istmo tempranamente descubrieron la adversidad de las selvas darienitas en la antigua ciudad de Acla o Santa María La Antigua. Cuando se funda la Ciudad de Panamá, en 1519, en la costa por razones estratégicas, nuevamente las condiciones ambientales representaban un desafío que se atendía con las herramientas que hasta entonces se tenían para adaptarse, jugándose toda suerte de malabares por la escasez de agua, la inestabilidad de los humedales hacia donde se extendía-mayormente- la población criolla, indígena y mestiza, con su tipología de vivienda que se adecuaba malamente a las circunstancias, lidiando siempre con suelos húmedos y problemas de estancamientos de agua.
Por razones estratégicas y de defensa, la ciudad se muda a lo que hoy conocemos como el corregimiento de San Felipe, territorio mayormente rocoso, lo que facilita la consolidación de nuestra ciudad moderna como punto de partida para su extensión, hasta consolidar los 26 corregimientos, en nuestros días. Para entonces, el mar, bosques, ríos, manglares, no solo representaban barreras naturales que limitaban el crecimiento en extensión de la ciudad; también representaban fuentes de recursos para su desarrollo. Los manglares productores naturales de cangrejos, moluscos y ciertas especies comestibles, que según la temporada no solo producían para consumo familiar sino para el comercio local. Los ríos, el espacio natural para lavar, asearse y sacar el agua, que dejándola “reposar” luego servía para consumo. El mar, el buen vecino de nuestra comuna, antesala de llegada de muchos y puerta del intercambio comercial de la pujante ciudad del Pacífico. Todo en relativo orden…
Cuan atrevidos nos ha vuelto la visión antropocéntrica y de dominio de la naturaleza, que si bien la inteligencia humana nos ha permitido desde conquistar el espacio hasta penetrar las profundas selvas amazónicas, bajo la premisa del desarrollo humano y la búsqueda del bienestar; este mismo poder nos ha llevado a creer que podemos rebasar límites sin consecuencias, colonizar el océano sin que reclame su espacio, o desviar y secar ríos sin que su fuerza se nos vuelva en contra.
En ese orden de ideas, en los años 60 decidimos reemplazar la playa natural -vista como espacio para la urbanización- por una carretera; en la primera década de este siglo, decidimos ampliar esa carretera, pero al menos le sacamos un resto de espacio público como efecto colateral. Pero hoy, concluyendo el primer quinto del siglo XXI, con las experiencias construidas y lecciones –tal vez no aprendidas- pero documentadas, ahora la autoridad local de la ciudad decide volver a ganarle espacio al mar; esta vez bajo la supuesta premisa de una “recuperación de playa”, como si ésta hubiese quedado conservada bajo la carretera y solo se tratara de destaparla y hacerla reaparecer. Pero hablemos claro: no hay tal recuperación de playa; esa la perdimos hace más de medio siglo y simplemente cada vez hemos entrado más y más al mar, en un océano Pacífico de intensos oleajes y gran diferencias entre su plea y bajamar. Tal recuperación no es más que la construcción de una playa artificial, en una línea recta donde ya no hay la configuración natural de bahía, y se vuelve más agresivo el oleaje; donde habría que traer arena, presumiblemente de Punta Chame o del Archipiélago de Las Perlas ( de donde tradicionalmente se ha extraído, causando impactos y daños en esas zonas) para satisfacer el deseo de –ahora que tenemos la carretera y los rascacielos- construir artificialmente la playa (solo para ver y caminar) y evocar así a la que un día la naturaleza le regaló a nuestra ciudad. Sin pensar en el costo ambiental y económico que significará tener, cada cierto tiempo, que reemplazar la arena que el oleaje se llevará irrefutablemente.
Recuperación sería rescatar las playas naturales que existen desde Casco Antiguo, hasta Pacora (alrededor de 7), escondidas debajo de la basura que se deposita en ellas luego de recorrer los ríos de la urbe; playas contaminadas porque aún el saneamiento no alcanza el objetivo de conectar todas las aguas servidas de la ciudad para su procesamiento; playas inaccesibles porque no han sido consideradas como parte del activo urbano y del espacio público costero de nuestra ciudad, que ciertamente se desarrolló dándole la espalda a uno de sus mayores atractivos. Pensar en la costa de la urbe, en función de lo que realmente es: un rico ecosistema marino, de humedales, manglares, pequeñas playas que, concebido integralmente, brindaría no solamente espacios públicos, áreas de conservación, pero también de aprovechamiento y disfrute en torno al mar, a más de 8 corregimientos directamente, a todo el distrito de forma indirecta y al país ciertamente, por la puesta en valor de su posición frente al mar. Todo esto sin mencionar aún las rescatables playas de Veracruz, que son parte de la ya conectada zona metropolitana, a pocos minutos del distrito capital, accesibles para locales y visitantes.
La ciudad no puede seguir desligando su desarrollo de la realidad ambiental, de la ciencia y de la integralidad de sus acciones. La importancia de articular sus proyectos a la planificación con visión climática, entendiendo que al final la naturaleza es la que mejor nos enseña sobre cómo adaptar nuestro desarrollo a sus circunstancias; si ponemos atención nos garantizamos mejores decisiones hacia un desarrollo sostenible, que hará de ésta una mejor ciudad para todos. La playa artificial es un costoso e insostenible sinsentido.
La autora es arquitecta

