La verdad sea dicha, no alcanzo a comprender en qué forma la publicación de los papeles del departamento de Estado de Washington podría suponer un triunfo de la democracia, ya sea esta la de Estados Unidos, la de los países que salen retratados de la peor forma posible en los documentos o la idea misma de la democracia en sí. Todo lo más, el hecho de que podamos leer esas cosas, aun edulcoradas por el velo de prudencia que los diarios que llegaron a un acuerdo con Wikileaks han decidido utilizar, lleva a que pensemos que el mundo de puertas adentro de la diplomacia es un vertedero infame en el que cualquiera que se adentra sale enfangado.
Porque lo peor del asunto no es que los embajadores del imperio forzasen con su poder e influencia decisiones que creíamos soberanas de países como el nuestro, decisiones al estilo de las que tomaron en España el fiscal general y los ministros de gobiernos, tanto de la derecha como de la izquierda, e incluso algunos jueces (Garzón, vaya por Dios, no). En especial siniestro, o tal vez jocoso, es el tono empleado, el tipo de chismes que se querían conocer, la opinión vertida por los informantes y sus contactos. Ya estamos en que todo gobierno tiene que recurrir a ciertas prácticas que, de puro infames, calificamos como propias de la cloaca. Pero ahora no sólo estamos hablando deterrorismo de Estado, que también, sino de muy remilgados informes que viajan por valija diplomática.
Salvo que concluyamos que un Estado que se comporta así es monstruoso y, gracias a que lo hemos podido averiguar, va a ser borrado de la comunidad de países a los que se considera democráticos para engrosar a partir de ahora la nómina de los que forman el eje del mal, cosa que por razones obvias no va a poder hacerse, sigo sin comprender tanto regocijo al dejar en paños menores a la señora Clinton y sus subordinados. Cierto es que saber lo que en la cumbre de la diplomacia estadounidense comentan acerca de sus enemigos es muy divertido, aunque menos aún que conocer los calificativos que dedican a sus aliados. Pero las campanas lanzadas al aire se me antojan infantiles.
Vale; estupendo; es un triunfo del periodismo (el de Wikileaks en exclusiva, por cierto, que todo lo demás no es sino uso del trabajo ajeno). De acuerdo; genial: sabemos que embajadores, subsecretarios y ministros usan un lenguaje y unos modos tan barriobajeros como impresentables. Pero, ¿y qué hemos conseguido con eso? ¿Acaso se cree alguien que van a cambiar las cosas en adelante, que cesarán las presiones, los espionajes, el meter la nariz en el corral ajeno? Todo lo más, se usarán sistemas de archivo adecuados que no sean accesibles a las primeras de cambio para mantener ocultos los manejos siguientes.