Partamos del principio de que toda reglamentación es expresión de ese pacto social al que llegamos los seres humanos que vivimos en sociedad, a esa especie de acuerdo colectivo que nos protege a nosotros mismos.
Somos creativos por esencia, y gracias a esa cualidad hemos podido llegar hasta donde estamos, ¿Qué seríamos sin los aportes o las invenciones de Tomas Alva Edison o Robert Fulton? ¿O de las investigaciones del gran Charles Darwin o el ultra conocido Albert Einstein?
Cada una de sus creaciones contribuyó al progreso con el que hemos llegado a pleno siglo XXI, pero existe un detalle. Si no se hubiera protegido su creación, ¿sabríamos que fueron ellos los de los aportes? ¿Estaríamos enterados de las motivaciones que los llevaron hasta esos estadios?
La normativa que protege la propiedad intelectual, y los inventores lo son porque sus obras son el resultado del ejercicio de sus intelectos, existen en cada país del planeta como una antesala de respeto por la creación humana, atado al deber que tiene cada ciudadano de saber de dónde vino qué, qué lo motivó.
Por ejemplo, durante esta investigación, me sorprendió saber cuántas cosas usa a diario el panameño de a pie o el que tiene una vida más llevadera, y cuyas patentes están debidamente registradas, pese a lo cual son pocos los que saben quién las hizo.
Entre ellos me encontré con un aporte de uso cotidiano, elaborado por el ingeniero Juan José Amado Burgos, nacido el 21 de noviembre de 1942, e integrante de una familia de 12 hermanos, y quien estudió en el Instituto de Tecnología de Massachusetts (MIT), una universidad privada localizada en Cambridge, Estados Unidos.
Todos los días, en los supermercados o en las abarroterías, miles de personas pasan a comprar sus alimentos, pero en sus listas, una vez al mes, incluyen un artículo sin el cual no podrían prepararlos: el tanque de gas.
Básico en cada cocina del ciudadano, pasó mucho tiempo sin que el hombre pudiera utilizar el gas como un elemento en su cocina. No bastó descubrirlo. En naciones como las europeas o en Estados Unidos, su utilización sirvió primero para los sistemas de calefacción o para llevar, mediante tuberías, el gas a las casas.
“El cilindro de gas de 25 libras, por ejemplo, que hoy permanece en cada hogar panameño también fue su invención”, revela el diario Panamá América del cuatro de abril de 2004.
Muchas personas, dentro y fuera del país, tuvieron su preocupación; muchos pensaron en el tanque, pero, ¿dónde estuvo el éxito de este panameño? En la válvula, que permitió graduar la salida del combustible.
La patente está registrada en Nueva York, pero esa fue una de las muchas contribuciones con las que me encontré y que sirve para sustentar la importancia de una legislación que proteja la creatividad del ser humano.
La ley de propiedad intelectual permite valorar con bastante exactitud la creatividad que hay en nuestras sociedades, y de las que la panameña tiene mucho, pero mucho, que decir.
La autora es estudiante en la Universidad Americana
