Con el pecado y sin género: Jorge Eduardo Ritter

El hecho de que sea una práctica admitida no significa que sea buena. Ni el hecho de que nos parezca extraña implica que sea mala. De lo que sí no puede haber dudas es que contratar, con dineros del Estado, a un cabildero para que obtenga una distinción personal –las condecoraciones lo son salvo que explícitamente se les otorguen a instituciones– linda con el abuso. Los intereses del Estado son una cosa, y las distinciones personales otras. Es verdad que muchas veces las condecoraciones se otorgan en razón de los cargos, pero para eso no hace falta cabildeo: prácticas de protocolo se encargan de ellas. Nunca antes se había visto que un Estado contratara a una firma para que su Presidente fuera condecorado.

El escándalo que se ha armado pone de relieve, más allá de si constituye o no corrupción, cómo el poder puede llevar a los predios de la megalomanía a gobernantes exitosos, como ciertamente lo fue Aznar. A raíz de las revelaciones sobre el pago por la condecoración, ha vuelto al tapete el hecho de que si bien a Aznar se le concedió el privilegio de hablar en una sesión especial del Congreso de Estados Unidos, también lo es que, por la ausencia de congresistas hubo que completar el quórum con becarios y turistas. Las preguntas que surgen son: ¿A qué mayor honor se puede aspirar que al de haber sido elegido para gobernar su país (y además, en el caso de Aznar, haber sido reelegido por una amplia mayoría)? ¿Qué necesidad tenía de distraer fondos públicos –por próspera que fuera su nación– para obtener, de manera tan dudosa, una distinción personal?

Los honores para que valgan deben llegar solos. Tratar de obtenerlos con influencias o con dinero no solo los vicia sino que, en el caso de Aznar, terminan por empañar una gestión presidencial llena de ejecutorias y realizaciones. Y lo peor es que Aznar ha quedado con el pecado y sin el género: si bien los cabilderos lograron suficientes votos en la Cámara de Representantes, todavía no han conseguido que la propuesta sea llevada al Senado por uno de sus miembros –la medalla debe ser aprobada por ambas cámaras– y parece muy improbable que, a la luz del alboroto y con el Partido Popular fuera del gobierno, alguno se anime a hacerlo. ¡Qué equivocado estaba aquel político latinoamericano que proclamó que una condecoración y un cigarrillo no se le niegan a nadie!


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