Si la selección del próximo director gerente del FMI se basara principalmente en los méritos del candidato, es decir su conocimiento de la economía, su habilidad política, su experiencia previa diseñando exitosas políticas de alto nivel, su capacidad de liderazgo y la fortaleza de su carácter, Agustín Carstens, el actual gobernador del Banco de México, bien podría ser el elegido.
Desafortunadamente para él, la falta de transparencia del proceso para elegir al director gerente, la unidad de los europeos en torno a un candidato, la falta de solidaridad regional en América Latina así como la deteriorada imagen de México en el exterior a causa de la guerra contra las drogas hacen punto menos que imposible su elección.
Hasta ahora, todo indica que la seleccionada será la ministra de Finanzas francesa Christine Lagarde, una mujer a quien, justo es decirlo, no le faltan merecimientos para ganarse el puesto. Su carrera como abogada en uno de los más influyentes despachos de abogados en el mundo fue impresionante, tanto que llegó a ser la presidenta del importante bufete. Su labor ministerial en Francia ha sido tan destacada, a pesar de que su formación no es de economista, que en 2009 The Financial Times la designó la mejor ministro de finanzas de Europa.
Lo lamentable en este caso es que no han sido las innegables virtudes de Lagarde las que debilitan la candidatura de Carstens, sino una conjunción de factores externos que nada tiene que ver con la capacidad del mexicano para ocupar el puesto.
A Carstens se le ha marginado por que el proceso de selección está amañado de origen. Desde que en 1946 se estableció el nuevo orden económico internacional con los acuerdos de Bretton Woods, en Nueva Hampshire, los 10 directores gerentes del FMI han sido hombres y europeos. Solo dos estadounidenses han sido directores interinos. Y esta continuidad ha reforzado la creencia de que el puesto les pertenece a los europeos así como la dirección del Banco Mundial le pertenece a los estadounidenses. Basada en este dogma Europa entera, salvo España, ha declarado su apoyo incondicional a la francesa. El hecho de que la peor crisis económica financiera del momento afecte a varios países europeos también ha fortalecido su candidatura. Quieren que sea el Fondo, no los bancos alemanes y franceses, el que sufra las consecuencias de los descalabros económicos de Europa.
Los países de América Latina no han mostrado hacia Carstens la misma solidaridad que los europeos derrochan. Colombia, Uruguay, y algunas otras naciones de América Latina le apoyan pero Brasil, Argentina y Chile no han revelado su preferencia. Que América Latina no enfrente hoy una crisis semejante a la europea tampoco le permite a Carstens pretextar que el FMI necesita los servicios de un economista latinoamericano para lidiar con ella.
Otro argumento que debilita la candidatura de Carstens es la imagen de México como un país entrampado en una violenta guerra contra el narcotráfico. Una desafortunada situación, pero que hasta ahora no ha causado daño significativo a la economía del país y poco ha tenido que ver con el trabajo específico de Carstens primero en el Ministerio de Hacienda y posteriormente como gobernador del Banco de México.
También se le acusa de ser un economista “ortodoxo” formado en la Universidad de Chicago y por ende incapaz de entender la exigencia del subsidio y de programas de política social. Tesis que ignora que los programas de asistencia social que hace años se elaboraron en México fueron copiados por varios países, entre ellos Brasil, para formular programas como el de la famosa Bolsa Familia. Más aun, no deja de resultar ofensivo que las mismas voces que hoy le reclaman a Carstens por haber estudiado en la Universidad de Chicago se deshagan en elogios a los economistas chilenos que se formaron en la misma universidad y convirtieron a Chile en el ejemplo a seguir en el continente. Así las cosas, Carstens y los economistas no anglo-europeos tendrán que seguir esperando a que las reglas que rigen la realpolitik cambien.