Si los republicanos quieren perder una elección tras otra, lo único que tienen que hacer es continuar su oposición a una verdadera reforma migratoria, proponer más leyes como la controversial nueva ley de inmigración de Arizona y seguir insistiendo en favor de una enmienda constitucional que privaría a los hijos de inmigrantes indocumentados de su ciudadanía estadounidense. Esa es la fórmula perfecta para perder el voto hispano; y además, todas las elecciones durante un largo tiempo.
Quizá algunos republicanos creen que encender el sentimiento antiinmigrante en Estados Unidos les abonará votos en las elecciones de noviembre. Y en el corto plazo, tal vez estén en lo correcto. Pero en el largo plazo, atacar al grupo minoritario que más rápidamente está creciendo en el país es una especie de suicidio político.
A los republicanos no les conviene ser percibidos como enemigos de la población hispana. Los 10 millones de votantes hispanos que participaron en las elecciones presidenciales pasadas se convertirán algún día en 20 millones; y esa tendencia no se va a revertir.
Este año ya no se aprobará una reforma nacional migratoria, y la responsabilidad por ese fracaso debe atribuirse también a los demócratas y al presidente Barack Obama. Pero ya he escrito mucho acerca de la promesa rota de Obama de iniciar la reforma durante su primer año de gobierno; enfoquémonos ahora en los republicanos.
Para obtener los 60 votos necesarios para la aprobación de la reforma migratoria en el Senado, varios republicanos tendrían que apoyar la medida. ¿Dónde están los 11 senadores republicanos que votaron a favor de una reforma migratoria hace sólo tres años, cuando el presidente George W. Bush luchó por una iniciativa de ley que aumentara el control de la frontera, por crear un programa de trabajadores invitados e iniciar el proceso de legalizar a unos 12 millones de inmigrantes indocumentados? No veo a ninguno de esos senadores ahora dando un paso adelante, ni uno solo.
¿Qué pasó con el senador de Arizona, John McCain, quien me dijo durante su campaña presidencial que él promovía una “ruta hacia la ciudadanía” para los inmigrantes indocumentados? En ese entonces, McCain se refirió a esos inmigrantes como “hijos de Dios”, pero hoy McCain está en contra de darles un estatus legal.
¿Qué ha pasado con el senador Lindsey Graham, republicano de Carolina del Sur, quien en marzo, junto con el demócrata Charles Schumer, de Nueva York, presentó un paquete sensato de reforma inmigratoria? Cuatro meses después, Graham dijo a Fox News que era un “error” otorgar la ciudadanía automática a los hijos nacidos en Estados Unidos de padres inmigrantes indocumentados. ¿Qué pudo haber provocado este cambio radical de opinión de Graham, salvo el deseo de ganar la preferencia de los electores más conservadores del país, quienes tienden a favorecer soluciones y castigos más severos?
Digamos las cosas claramente: alterar la Enmienda 14 de la Constitución –que garantiza la ciudadanía estadounidense a todos los nacidos en Estados Unidos– no va a resolver el problema fundamental: 11 millones de inmigrantes indocumentados viven y trabajan en este país. Son vitales para la nación y su economía y, no obstante, se ven obligados a vivir en las sombras.
La teoría conocida en inglés como attrition through enforcement –que sostiene que los indocumentados se irán del país por su propia cuenta si la vida se torna insoportable para ellos aquí– está equivocada. No se irán. Solo se mudarán a una ciudad o estado diferentes. El hambre es una motivación más poderosa que el miedo.
El apoyo republicano a la derecha extrema está condenada al fracaso. Incluso ahora, el debate acerca de intentar reformar la Constitución no pasa de ser politiquería. No hay evidencia de un amplio apoyo nacional para un cambio tan radical en el futuro. ¿Están los estadounidenses realmente dispuestos a deportar bebés y colocar oficiales policiacos en las salas de maternidad de los hospitales?
Estoy sorprendido, sin embargo, por cómo ha cambiado el tono del debate sobre el tema migratorio durante los últimos meses. Ha sido prácticamente secuestrado por los extremistas. La Casa Blanca ha perdido el control del debate, así que en lugar de estar discutiendo los méritos de una reforma migratoria verdadera, los periodistas están reportando sobre las consecuencias de la nueva ley de Arizona y Enmienda 14.
Quizás esta estrategia ayude a los republicanos a atraer a ciertos votantes en noviembre. Pero los votantes hispanos tienen muy buena memoria, y no van a olvidar a quienes los atacaron en uno de sus momentos más vulnerables.
La verdad es que los latinos nunca han creído realmente que los republicanos estarían a su lado y promoverían una reforma migratoria. Y si los republicanos conquistan el control de la Cámara de Representantes en noviembre, podrían pasar años antes de que cualquier iniciativa auténtica de reforma de inmigración sea puesta a votación. Hasta entonces, la suerte de millones de inmigrantes indocumentados seguirá indecisa.
Mientras esto pasa, el voto hispano solo aumentará de valor. Republicanos, están advertidos.