Nosotros no podemos crear un país diferente haciendo siempre lo mismo. Nosotros no podemos construir un país competente, visible, rentable y respetable si nos aferramos de por vida a nocivas costumbres que nos han desfigurado. Nosotros no podemos levantar un país donde cada quien se sale con la suya a cualquier precio, es imposible habitar un país “donde todos tienen razón y donde todos saben de todo”. Nosotros no podemos rectificar un país si vivimos a la defensiva, si pensamos que todo lo que se hace y todo lo que dice afecta nuestros intereses y compromete nuestra situación, igual, no podemos enderezar un país simplemente hablando, escribiendo o criticando. Nosotros no podemos alzar un país creyendo que las tareas difíciles le tocan al tonto y pensando que las tareas primorosas le corresponden al académico o al ilustrado. Nosotros no podemos construir un país sin usar las manos y sin sudar, es materialmente imposible generar riqueza y labrar prosperidad cuando todos los habitantes se refugian en cuadernos, en libros y en laptops. Es imposible producir riqueza si celebramos miles de reuniones estériles en las cuales derrochamos el dinero, las oportunidades y el tiempo. No es posible hacer funcionar una nación si el que vende triplica el valor de las cosas y si el que compra regatea hasta causar fastidio.
Un país se vuelve inhabitable cuando todos sus habitantes viven afilando el cuchillo y tramando venganzas, donde las ofensas y las humillaciones están justificadas por teorías profanas escritas por intelectuales sagaces. Tan ofensivo es el ciudadano que prospera para restregar su bienestar en la cara del necesitado, como repugnante es el ciudadano que presume de su pobreza y que encima le sirve de excusa para evadir responsabilidades. Es imposible edificar un país donde no se pueda hablar la verdad y donde todos se sienten comprometidos con la mentira. Un país no se elogia en vano ni se vanagloria de cosas que no tiene, un país comienza a crecer cuando todos sus habitantes lanzan sus complejos, sus miedos, sus prejuicios y sus bravatas a la basura. Es tan simple como asumir cada uno su tarea y hacerla sin murmurar, tan práctico como buscar la perfección en aquello que elegimos por voluntad y en libertad. No hay manera de hacer un país sin obedecer y sin seguir, meticulosamente, las instrucciones que se nos dan. Es imposible tener salarios justos cuando los habitantes no conocen el valor de la moneda universal: el talento.
No podemos ganar mucho haciendo lo mínimo; no podemos cobrar mucho sin mostrar resultados; cualquier utilidad labrada en el lomo ajeno es una utilidad dañina porque no podemos enriquecernos de un día para otro exprimiendo al indefenso. Nadie puede usar la riqueza como excusa para la ostentación desmedida y, asimismo, nadie puede utilizar su pobreza como pretexto para escapar a los sacrificios.
Ninguna nación prospera cuando sus habitantes gastan su tiempo en la lástima, la caridad, la mendicidad y cuando creemos que las tareas y las responsabilidades de cada cual corresponden a los mártires y a los próceres. No hace falta que vivamos en un paraíso terrenal, únicamente hace falta entender que el heroísmo supremo de todo ciudadano es cumplir el deber, honrar las obligaciones y actuar con rectitud. No se ocupa dinero ni educación ni salud –todo lo contrario– pues es gracias a la pobreza, a la ignorancia y a la enfermedad que los habitantes de una nación consiguen reaccionar. Vivir en una nación pobre no es vergonzoso, lo verdaderamente vergonzoso es que todos los habitantes de dicha nación pongan su granito de arena para que dicha pobreza se vuelva eterna.