[DISCURSO PRESIDENCIAL]

El poder -limitado- de la palabra

La derrota del partido Demócrata en la elección senatorial de Massachusetts, el 17 de enero pasado, lo cambió todo: nuevas prioridades, nuevo tono.

Jon Favreau, de 28 años, llevaba casi dos meses trabajando en el discurso. El ritual raramente varía: el presidente le comenta algunas ideas, él esboza los primeros fragmentos con sus seis colaboradores, hay idas y venidas desde los diferentes departamentos de la Casa Blanca y desde el despacho Oval.

La derrota demócrata en la elección senatorial de Massachusetts, el 17 de enero, lo cambió todo: nuevas prioridades, nuevo tono. Massachusetts obligó a modificar a toda prisa el programa del presidente, y también el discurso del estado de la Unión, el eje anual de toda presidencia, donde presenta su balance y sus prioridades, y una de pruebas retóricas para los speechwriters, los redactores de discursos, una figura central -incluso glamurizada- en la política estadounidense.

El discurso que Barack Obama leyó en el teleprompter -el aparato que sirve a los políticos para leer los textos sin que se note- ha sufrido innumerables enmiendas. En la Casa Blanca ya no recuerdan cuántas. “En los últimos dos días hemos trabajado duro”, reconoció a la prensa el portavoz Bill Burton.

Pocas personas saben tanto de discursos y speechwriters como Robert Lehrman, que fue speechwriter con el vicepresidente Al Gore, ejerce de profesor de la materia en la American University de Washington y es autor del manual recién publicado The Political Speechwriter’s Companion.

Lehrman lanza dos advertencias. Una: la fórmula del estado de la Unión hace difícil hacer discursos conmovedores. Los presidente siempre dicen lo mismo. Dicen: tenemos problemas con el estado de la Unión y seremos más fuertes que antes.

Hablan de lo que queda por hacer y, desde 1982, cuando Ronald Reagan empezó con esta práctica, suelen intentar inspirar a la gente señalando héroes invitados a la sala, “personas que han hecho algo noble”.

La segunda advertencia: cuidado con sobrevalorar los efectos del discurso sobre el estado de la Unión, y más en un momento en que el presidente afronta dificultades políticas.

Usualmente -dice-, debido a que ves un evento con tanta pompa y ceremonia, el presidente llegando por el pasillo, los admiradores agolpándose, el aplauso ritual y las banderas, los presidentes obtienen un pequeño avance en los sondeos después del discurso. Pero no: un discurso no es suficiente, por muy bien que lo haga Obama. “Es una porción ínfima de lo que necesitaría para darle la vuelta a la tendencia”. El presidente construyó su reputación en gran parte gracias a su oratoria y retórica brillante. Los discursos fueron una de sus armas más eficaces en campaña, y sigue utilizándolos como arma para gobernar.

El discurso de anoche era una oportunidad para afinar el mensaje de la Casa Blanca, confuso en los últimos días. Por instinto, Obama trata de salvarse a sí mismo con un gran discurso, “y no es un buen instinto”, decía recientemente David Frum, speechwriter de George W. Bush, a The Washington Post. “La gente lo capta, y deja de escucharte. La gente desconecta”.

En el estado de la Unión, las frases memorables son raras. “Una excepción es la mención al eje del mal” -atribuida a Frum- en el primer discurso de Bush.

“Se hace campaña con poesía pero se gobierna con prosa”: el pronóstico de la rival de Obama en las primarias demócratas, Hillary Clinton, se ha cumplido. ¿Es suficiente la palabra para gobernar? ¿Se ha convertido en una carga la oratoria del presidente?

En la campaña tienes un solo discurso, y lo haces 10 veces al día. Tienes tiempo para prepararlo y ensayarlo. “En la Casa Blanca necesitas un texto distinto tres o cuatro veces al día. Y muchos tratan de la parte técnica de la política”, replica Lehrman.

Este veterano speechwriter ve inconvenientes en los discursos sobre el estado de la Unión. “Son demasiado largos, nadie puede prestar atención durante todo el tiempo”, dice, y recuerda que uno de Bill Clinton duró 80 minutos, mientras que George Washington hacía discursos de cinco minutos.

En el Ala Oeste de la Casa Blanca, Favreau -el prodigio retórico de la campaña- y Ben Rhodes -32 años y valor ascendente del equipo de speechwriters- trabajaron hasta el último minuto. En la noche que los focos caían sobre Obama, ellos también fueron las estrellas.


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