El cambio de tono, conciliador y respetuoso que el vicepresidente Joe Biden utilizó para explicar la nueva política exterior estadounidense en la Conferencia sobre Seguridad de Múnich a principios de mes, fue recibido con júbilo por los líderes de la “vieja Europa”, que anhelan una mejoría en la relación transatlántica.
“Vengo a Europa”, dijo Biden, “como representante de una nueva administración decidida a instaurar un nuevo tono no solo en Washington, sino en las relaciones de Estados Unidos (EU) con el resto del mundo. Vamos a dialogar. Vamos a escuchar. Vamos a consultar. EU necesita al resto del mundo de la misma manera que el resto del mundo necesita a EU”.
En su análisis del discurso, George Friedmann, de la organización Stratfor Global Intelligence, ha escrito que aparte del evidente cambio de tono y del entusiasmo que generó en la audiencia oír a Biden en vez de a Dick Cheney, lo verdaderamente interesante fue constatar que en el fondo, la administración de Obama no cambiará de manera sustantiva la política actual.
Yo disiento de Friedmann. Para mí es evidente que Hillary Clinton marca el primer rompimiento con la administración de Bush cuando anuncia que la nueva política exterior del país se sustenta en tres pilares: la defensa, la diplomacia y el desarrollo y deja fuera la otra D, la de la democracia. La D que George W. Bush esgrimiera como pretexto para embarcarse en sus mesiánicas aventuras que pretendían convertir al mundo en un espacio hipotéticamente hecho a imagen y semejanza de EU.
Más aún, cuando Clinton habla de defensa, recupera el sentido tradicional del término y rechaza explícitamente y con vehemencia la teoría de la guerra preventiva esgrimida por Bush y sus secuaces. El presidente Obama recibe un país en guerra que pelea en tres frentes distintos y asume su poderío militar como garantía de defensa, no como agente agresor.
Destacar la diplomacia como elemento esencial de la política exterior del país es también una novedad. Y entenderla como un intercambio en el que se respeta la dignidad de otros países y el estado de derecho y enriquecerla añadiéndole elementos del poder cultural y económico del país, acentúa las diferencias con lo anterior. Lo más innovador, sin embargo, ha sido la inclusión del concepto del desarrollo como elemento fundacional de la política exterior del país.
La idea surge de la convicción de que los “estados fallidos” surgen cuando la pobreza extrema se extiende y cuando esta se globaliza se convierte en el mayor reto a la seguridad mundial. Para esto será necesario restituirle al Departamento de Estado el poder económico que el Pentágono usurpó en la pasada administración, y utilizar la asistencia económica a los países para ganar batallas políticas sin tener que recurrir a las armas. Para combatir efectivamente al terrorismo hay que considerar su dimensión ideológica y no solamente recurrir al indispensable componente militar.
Hoy ya nadie cree la patraña de que la democracia se implanta por la fuerza. El realismo ha vuelto a reinar en este país y nadie se hace ilusiones de que Irak, Afganistán o Pakistán de pronto se convertirán en los nuevos paradigmas de la democracia liberal, donde además de celebrar elecciones más o menos aseadas, se respeta el estado de derecho, la libertad de expresión y de prensa y la separación de poderes.
Leyendo entre líneas los pronunciamientos de la nueva administración parece evidente que el presidente ha llegado a la conclusión de que lo más probable es que no exista una fórmula eficiente para erradicar totalmente el terrorismo. Y enfrentado a esta realidad incontestable ha decidido reducir la amenaza que este representa aprendiendo a manejarlo con efectividad.
