La obesidad se ha convertido en uno de los principales problemas de nuestras sociedades opulentas hasta el punto de haber dado ya el salto que separa las cuestiones estéticas de los riesgos para la salud. Es probable que en una década se convierta en el principal factor que lleve a la muerte, de la mano de los accidentes del tráfico. Y eso dejando de lado el principal aspecto: el de la calidad miserable de vida que estamos arrojando sobre tantos niños y adolescentes enganchados a la comida basura.
Todo eso es tan sabido que resulta trivial. Tampoco se ignora, en los cenáculos científicos al menos, la otra cara de la moneda: que una ingesta reducida de calorías alarga la vida en los animales de experimentación. Los porqués de esa relación perversa entre lo que nos gusta comer y lo que queremos hacer –vivir– se ignoran. Pero un estudio publicado en los Proceedings de la academia de ciencias de Estados Unidos (PNAS, para los habituales) ha puesto de manifiesto un factor genético que parece intervenir en la cadena de causas y efectos. El trabajo lo encabeza Pei–Yu Wang, del departamento de Biología molecular de la universidad de Providence en Estados Unidos, y se refiere a la expresión en las moscas de la fruta (Drosophila melanogaster, en concreto) del gen Indy.
Indy es el acrónimo de “I’m not yet dead”, aún no me he muerto. Es lo que diría una mosca de poder hablar y, sobre todo, de ser capaz de sorprenderse por su longevidad. De acuerdo con el estudio de Wang y sus colaboradores, un alelo mutante del gen Indy se ve capaz de provocar en el fenotipo consecuencias parecidas a las que logra una reducción drástica de la ingesta de calorías: un aumento significativo del tiempo en que el organismo está vivo. Y, según parece, el resultado de la expresión genética alterada es compartido también por otros organismos como el nematodo Caenorhabditis elegans, otro de los animales más comunes de experimentación.
¿Lanzamos las campanas al vuelo? Ya se sabe: descubrimos un mecanismo en el laboratorio, lo convertimos en un fármaco, lo incorporamos a nuestra vida común y a vivir que, en vez de ser dos días, igual resultan tres. Pero tal cadena de acontecimientos está lejos de quedar a nuestro alcance.
En el año 1994 se produjo un descubrimiento que mereció honores de portada en la revista Nature: el del gen mutante Ob, responsable –en ratones–, de una obesidad patológica. La compañía Amgen pagó en febrero de 1995 a la Rockefeller University, propietaria de la patente de Ob, 20 millones de dólares por los derechos exclusivos para desarrollar productos basados en el gen Ob. Pero, ¡ay!, el homólogo de ese gen en los humanos no hace nada parecido a lo observado en los ratones. Aunque en el fondo da lo mismo: la cotización de las acciones de Amgen alcanzó un incremento de 600 millones de dólares en un solo día, el 26 de julio de 1995. Y de eso se trata.