Los votantes socialistas sabíamos que la derrota en las elecciones municipales y autonómicas del 22 de mayo era inevitable, pero la imaginación no nos daba para suponer que iba a ser tan abrumadora. La pérdida de gobiernos regionales como los de Castilla la Mancha o Extremadura, y de alcaldías como la de Sevilla o Barcelona, fueron un duro golpe, tanto, que cuando vi el mapa de España dividido en colores azul y rojo, azul para el Partido Popular (PP) y rojo para el PSOE, aunque lo de dividido es un decir, porque aquello era una mancha azul con algún punto rojo perdido, mi pasado luchador contra la dictadura de Noriega dejó escapar una frase: “Este pueblo es PRD”, que por supuesto ninguno de mis paisanos hubiera entendido, pero que cogieron al vuelo el par de panameños al que se lo comenté.
Sin embargo, ni el Partido Popular se parece al Partido Revolucionario Democrático ni el pueblo español es PP en su totalidad, aunque de momento lo parezca.
Ser progresista, conservador, nacionalista o simpatizante de un grupo minoritario va bastante más allá del acto de depositar un voto en la urna. Siempre que no se sea chaquetero de oficio y se bambolee uno con la dirección del viento, requiere, digamos, de una manera de ser, de una historia a las espaldas y una forma de entender el mundo, pero cuando el partido que se supone representa todo eso traiciona el espíritu que lo sustenta –bien obligado por las entidades financieras, por Europa o debido incluso a una mala gestión–, el voto de castigo está garantizado. Que algunos millones nos hayamos mantenido fieles en las urnas y sobre todo en el espíritu mencionado no fue suficiente.
Tampoco lo fue apurar el cáliz de la derrota. Hubo más. Y aún más amargo. Como era de esperar, la lucha de poder en el seno del PSOE trascendió pronto a los medios. Algunos se inclinaban por las primarias para elegir en ellas al sucesor del presidente para los comicios generales de marzo de 2012; otros, por un Congreso del que saliera el próximo candidato. La cuestión quedó zanjada el sábado, tras una semana agónica, cuando el Comité Federal del partido decidió avalar las primarias, de momento con un solo aspirante, el ministro del Interior Alfredo Pérez Rubalcaba, y se comprometió a entrar en un periodo de renovación con el fin de presentar un programa coherente en marzo. Aunque lo tiene difícil.
En realidad, todo este proceso interesa poco a la gente. No es de eso de lo que se habla. A la gente le interesa el desempleo, la economía sumergida, los recortes de los sueldos a los funcionarios y a los trabajadores de la empresa privada o la congelación de las pensiones, y que los políticos se ensimismen en sus luchas internas les indigna. De ahí que las protestas del movimiento 15-M resulten cada vez más diáfanas y certeras.
La pregunta es si el PP, que visto lo visto ganará las elecciones generales en marzo, estará tomando nota. Me temo que no. Cuando llegue al poder, las reformas tan impopulares que ha hecho el gobierno del PSOE para solventar la crisis, reformas más propias de la derecha e impensables en la izquierda y que le han costado la pérdida de parte de su electorado, estarán dando frutos, incluso las que se completarán antes de terminar la legislatura: la de los convenios entre empresarios y sindicatos y la de las Cajas de Ahorro.
Parte del trabajo sucio lo tiene ya hecho el PP. Queda por saber si su programa de gobierno, el secreto mejor guardado que al parecer ni ellos conocen, por lo que se sospecha que no lo tienen, actuará como una varita mágica que coloque a los astros en conjunción y acelere el proceso de salida de la crisis. Si no tienen esa varita y no lo logran con prontitud, siempre les quedará el recurso de culpar a sus predecesores. Después de todo, durante los dos periodos en que el PP ha sido oposición, se ha limitado a malmeter y entorpecer. Y lo ha hecho con una eficacia asombrosa.