La tragedia de la muerte de un joven, debido a la desesperanza o la frustración abrumadora es devastadora para su familia, sus amigos y la comunidad. Padres, hermanos, compañeros, profesores y allegados podrían quedarse con la duda si pudieron haber hecho algo para impedir esta tragedia.
En septiembre, se conmemora el Día Mundial de la Prevención del Suicidio. Anualmente, en el mundo, se suicidan casi un millón de personas, el equivalente a un suicida cada 40 segundos. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), el suicidio es la segunda causa de muerte y afecta más a jóvenes entre 15 y 29 años de edad. Es la segunda causa de muerte en Panamá, en jóvenes entre 14 a 24 años. Es una etapa de la vida en que muchos pasamos gran cantidad de tiempo con nuestros amigos, compañeros y profesores. Parece ser que, salvo excepciones de algunas fundaciones, las entidades responsables de trabajar contra el suicidio provienen del sistema de salud. Opino que no debe ser así. Preguntémonos: ¿Qué podemos hacer?
Muchos adolescentes que se quitan la vida o intentan hacerlo, dan algún tipo de advertencia previa. De pronto mencionan la muerte de manera general o insinúan que ya no estarán más. Es importante que conozcamos las señales de alerta de manera que los adolescentes con tendencias al suicidio puedan obtener ayuda.
La cadena preventiva del suicidio está compuesta por las personas que rodean al afectado. La persona con mayor capacidad de ayuda es aquella que se encuentre más cerca. Con algunas excepciones, raramente es un especialista en el tema. Si pensamos en todas las personas que tratamos a diario en la escuela o en la universidad y reflexionamos acerca de las luchas internas que pueden estar afrontando y los largos periodos de tiempo que compartimos, nos daremos cuenta que la prevención del suicidio supera recibir ayuda profesional. Muchas veces, personas comunes pueden evitar esta tragedia.
Urge trasladar esta la lucha a nuestras escuelas. Lastimosamente, una barrera a lo propuesto son los mitos relacionados a esta conducta, como la creencia general que el suicida no avisa antes de hacerlo o el que avisa, no lo concretará. Para nuestra fortuna, sólo son eso: estereotipos que se pueden romper con la capacitación adecuada.
Los padres, el personal de la escuela y los compañeros pueden reconocer las señales de advertencia y tomar medidas inmediatas para mantener al joven seguro. En realidad, es el equivalente a ayudar a los estudiantes cuando se desmayan o sufren cualquier otro quebranto de salud en la escuela o en la universidad.
Velemos por la salud mental de la juventud. Comparemos sufrir la pérdida de un amigo o alumno, o asumir el papel de ser esas personas que ayudaron a evitar una tragedia, identificando las conductas y factores de riesgo a tiempo. La diferencia es abismal.
La coordinación es crucial para la eficacia en la intervención. Padres, escuela y sistema de salud son los pilares fundamentales para crear espacios preventivos. No olvidemos que cada centro educativo cuenta con un gabinete psicopedagógico que suele ser la primera respuesta a estos casos. Espacios de reflexión en los que se aborde el tema, líneas de acompañamiento e información sobre cómo pedir ayuda deben ser preventivos. No se debe esperar a que ocurra algo.
El Ministerio de Salud se encuentra trabajando en el Proyecto de Ley 253 sobre El Abordaje de Conductas “de riesgo suicida”, que promete ser un gran paso en la prevención del suicidio. Advertimos que no es una solución definitiva. Los proyectos sociales de capacitación también son importantes en nuestras comunidades educativas. Hace falta saber qué hacer, para actuar. La brecha de desconocimiento se subsana con conocimiento y acción inmediata en situaciones de riesgo.
Esta propuesta puede parecer irrelevante en un contexto de pandemia mundial, con la mayoría de los sistemas educativos funcionando a través de alternativas de educación a distancia. La realidad es que el aislamiento social afecta el estado anímico, en especial, el de los jóvenes. Pensemos en las muertes que podemos prevenir. Urge integrar la prevención del suicido al sistema educativo si queremos poner en el centro el valor más importante: la preservación de vidas humanas.
El autor es Egresado del Laboratorio Latinoamericano de Acción Ciudadana 2019
