Todos esperaban a Sherrod Brown: durante cinco largas horas la emisora del parlamento C-Span mostró el Senado estadounidense vacío, mientras el país esperaba la llegada del senador desde Ohio.
La Casa Blanca envió incluso un avión del gobierno para traer a Washington al demócrata, arrancándole del lecho de muerte de su madre en su estado natal. Sin su voto todo habría fracasado.
Brown apareció finalmente sobre la alfombra azul del Senado con un saludo sin sonrisa: la primera gran victoria del joven gobierno del presidente Barack Obama estaba salvada. Sin embargo, fue un triunfo que hubo que pelear para superar la dura oposición de los republicanos. El diario The Washington Post veía ya “el inicio de una nueva era ideológica”.
La maratoniana jornada en el Congreso tenía algo de teatral y dramático y no prometía nada bueno con vistas a la realidad del gobierno de Obama. A ningún conservador le entusiasmaba la idea de la mayor inyección coyuntural de la historia del país.
De forma demostrativa, el jefe de la fracción republicana, John Boehner, dejó caer el proyecto de ley de mil 73 páginas ruidosamente contra al suelo para subrayar que hay un “sobrepeso en las páginas del gasto”.
En el Senado, tres opositores moderados se pasaron al lado de los demócratas de Obama e hicieron posible la aprobación. Pero incluso el senador republicano Judd Gregg, 24 horas antes aún candidato de Obama para controlar la secretaría de Comercio, se lo pensó mejor y cambió de repente de opinión, votando por el “no”.
“Obama reconoce que la política que supere las fronteras partidistas no es tan fácil”, tituló ayer The New York Times. “La ley aprobada el viernes no contribuye nada a una reconciliación a largo plazo y duradera de los dos partidos”.
El principal asesor de Obama, David Alexrod, reconoció que se sacaron lecciones del hecho y que no son pocos en Washington los que ven ya en el horizonte duros enfrentamientos cuando se trate de sacar adelante las duras reforma en el sector de sanidad o de política energética que ha prometido Obama.
Pero a la enorme inyección financiera le falta aún pasar su mayor prueba: el propio presidente quiere medir su éxito en la medida en que logre crear o salvar los esperados 3.5 millones de puestos de trabajo durante los próximos dos años.
Los expertos se muestran escépticos. En una encuesta de The Wall Street Journal, los economistas se mostraron decepcionados en su mayor parte. Los comentarios de los expertos van de valoraciones como “demasiado tarde”, hasta “un malgasto de dinero colosal”, pasando por “demasiado pequeño”, “demasiado grande” o “trivial”.
En cualquier forma, sin programa, los expertos encuestados creen que habría una considerablemente mayor pérdida de puestos de trabajo. Pese a todo, esperan un fuerte aumento de la tasa de desempleo del actual 7.6% hasta el 8.8% hasta diciembre.
Con la aprobación del paquete coyuntural, Obama redescubrió su mensaje de esperanza, después de que el diario The New York Times lo calificara de “autoritario y sin sonrisa, oscuro en vez de inspirador”, debido a sus descripciones más pesimistas de la situación económica durante las semanas pasadas.
El presidente habló ayer de una “base en el camino hacia la recuperación económica” y sonó casi como durante su aclamada campaña electoral cuando añadió: “América, hemos estado a la altura de esta tarea”.
