En 1915, Armenia (ubicada en Asia menor) fue víctima del primer genocidio del siglo XX. Más de un millón 500 mil personas inocentes perdieron sus vidas cuando el Estado turco, cegado por la xenofobia, intentó aniquilar sistemáticamente a todo el pueblo y a su milenaria cultura.
Términos como derechos humanos y justicia, a veces, resultan utopías y dejan de ser inherentes a cada individuo o a cada pueblo. Esta tragedia tuvo su origen muchísimo tiempo atrás y aún en el presente es polémica.
En aquel entonces, dos millones de personas vivían en Armenia Occidental bajo el dominio del Imperio Otomano. Debido a las marcadas diferencias étnicas y religiosas (cristianos los armenios y musulmanes los turcos), el Gobierno otomano planificó la aniquilación de la raza armenia, pues constituía un obstáculo para sus proyectos expansionistas.
Derrocado el sultán Hamid, quien inició las matanzas, el Triunvirato de los Jóvenes Turcos, su sucesor, aprovechó la Primera Guerra Mundial como un medio para la concreción de su objetivo: el proyecto panturquista, cuyo principio fundamental era “una Turquía solo para turcos”. Es decir, transformar un imperio heterogéneo en un Estado homogéneo.
El plan de exterminio sistemático comenzó con el asesinato de más de 600 intelectuales la noche del 24 de abril, con el fin de dejar acéfalo al pueblo armenio y eliminar toda acción vanguardista. A partir de entonces, se dio la orden de deportación y aniquilación masiva de la población.
Miles de armenios fueron ahorcados, decapitados, quemados vivos, violados, torturados despiadadamente o desterrados de sus hogares y sometidos a cruzar el desierto de Der Zor (Siria) en condiciones deplorables.
Por otro lado, cientos de monasterios cristianos y manuscritos antiguos fueron incendiados y desaparecidos de la faz de la tierra. El restante se encuentra en las tierras usurpadas conformando el “patrimonio cultural de Turquía”.
Los pocos que lograron sobrevivir se refugiaron en diferentes países del mundo y, con el tiempo, lograron construir pequeñas comunidades. Argentina fue una de las tantas tierras de asilo; es por ello que la comunidad armenia de Córdoba le estará por siempre agradecida. Sobre este suelo han tenido la posibilidad de comenzar de nuevo, vivir en libertad y continuar la lucha por la justicia.
El genocidio armenio, sin lugar a dudas, podría hallarse dentro de los hechos más desoladores de la historia de la humanidad; y lo más lamentable es que aún continúa impune, luego de 95 años de haberse cometido. Ayer fue tortura; hoy, negacionismo.
Evidentemente, a los genocidas, cuando sus intereses están en juego, los medios para conseguirlos parecen serles indiferentes, son insensibles ante el martirio ajeno y ante la destrucción de una cultura. Aquello quedó atrás, pero no por eso está fuera de nuestras memorias. Sabemos que el olvido potencia nuestra debilidad. Hoy, solo exigimos nuestras justas reivindicaciones y el reconocimiento por parte del actual Estado turco, legítimo sucesor del Imperio Otomano.
Es nuestro deber contribuir a la conformación de un mundo más justo y promocionar la justicia respecto a sucesos de esta índole que aún se cometen en diversas partes del mundo. Los enfrentamientos bélicos, el mal uso del poder y el oportunismo político deben quedar atrás, plasmados en páginas oscuras y vergonzosas de la historia del género humano.
Contamos con un presente que debemos cambiar. Sabemos que el camino es largo, pero dar vuelta la página es lo que nos motiva.