Es una lástima que pasen de moda los álbumes donde las mamás de antes registraban la vida de sus hijitos. Ahora son registros de almanaque sin mayor interés. Que el niño sonrió por primera vez a los tantos días, que dijo mamá a las tantas semanas, que dio sus primeros pasitos a la temprana edad de tantos meses...
No. Eso no es un álbum biográfico. Esa es una contabilidad insulsa que solo tiene interés marginal estadístico. Álbumes de verdad era los que llevaban antes las mamás, que no se contentaban con llenar renglones con datos insípidos, sino que aportaban comentarios y pruebas vivas de sus bebés.
En el álbum de mi hermana había constancia palpable de su primer corte de uñas: pegadas con goma se exhibían las 10 uñitas. En un principio fueron 10 trocitos mínimos, encantadores; pero las uñas siguen creciendo, incluso separadas de su dueña. Ahora hay que llevar el álbum a la manicurista cada tres meses.
Peor era el álbum de mi prima Margarita. Mi tía había visto que todos los álbumes ostentaban con orgullo el primer mechón del cabello del bebé, y consideró que podía inaugurar una nueva moda si agregaba también el cordón umbilical de Margarita. Fue así como la triste tira se convirtió en centro de atracción y, lamentablemente, también de los gatos del barrio. Un día en que mi tía mostraba el álbum a una amiga, entró un gato cerrero, saltó sobre el cuaderno, arrancó el pingajo reseco que había unido a mi tía y su hija durante nueve meses, y huyó por la ventana con él.
Tengo una razón adicional para admirar los viejos álbumes. Ocurre que mi mamá cortó mi primer bucle –dorado, ensortijado, adorable– y lo cosió al álbum con un hilito. Mientras ostenté en la cabeza una mata de pelo rubio que era orgullo de mi casa, aquel bucle no tuvo más función que la nostalgia.
Pero a los 11 años empecé a perder pelo, y a los 20 resolví que había llegado el momento de depositar el mechón del antiguo bebé en una cajilla de seguridad. Fue esa mota maravillosa la que me implantaron el año pasado, en un intento final por poblar mi cráneo yermo al cabo de múltiples rechazos. El implantólogo no garantiza que el bucle se reproduzca, pero al menos dice que podré volver a peinarme con la cabeza pelada y un copete solitario a manera de cariátide, como en mis tiempos infantiles.
Además de aportar objetos, los álbumes incluían comentarios. Hay que ver las descripciones que uno leía en sus páginas sobre las cambiantes características cromáticas de los pañales usados del pequeño…
Y las anotaciones acerca de los regalos recibidos, que distaban mucho de ser inventarios de almacén, como ahora.
Copio las de mi mamá en la página de regalos que recibió uno de mis hermanos varones.
Del señor Vásquez [jefe de mi papá]: un vestido de niña. (Viejo idiota: no sabe dónde está parado).
De Gloria: una libreta de ahorros. Sin ahorros, claro.
De Alfonso: una jarrita de plata. Carísima. (Ojo: sería un buen padrino para cuando tengamos la niña).
De Matilde: un juego de ganchos (Valen muy poco; y nosotros le regalamos a su hija unos mitones que costaron horrores).
De la tía Anita: mitones como los que le ha dado a todos mis hijos. Por eso me toca regalarlos a la hija de Matilde.
