[FELICIDAD]

A ratos

No es posible que todo esté siempre en su lugar, que la fe no nos abandone a rachas, que las cosas se empeñen en ponerse del revés o que los males del mundo no nos atenacen.

Son instantes fugaces, como ráfagas, en los que se tiene plena conciencia de que se vive un momento feliz. Tal vez sea un privilegio de la edad, porque no me refiero a los episodios felices en sí –en la juventud son más frecuentes–, sino a la capacidad de registrarlos como tales sin esperar a que la memoria nos los devuelva limpios y sublimados.

Pueda ser que las circunstancias en que se produce ese registro no sean extraordinarias, es decir, no tiene por fuerza que tratarse de la boda de un hijo o la noticia de que te ha tocado la lotería y eres millonario. Por el contrario, esas fechas señaladas se acompañan a menudo de tensión y zozobra. Yo hablo de esos ratos en los que parece que los astros se han puesto en conjunción, la paz o la alegría corren por las venas, eres razonablemente feliz, y, lo mejor de todo, eres consciente de que eres feliz. Da lo mismo que la causa sea una sabrosa conversación entre amigos, el disfrute que te procura una obra de arte, o la lectura dominical del periódico mojada en una copa de vino. Lo divino y lo humano. Lo trascendente o lo superfluo. La vida.

Aspirar a la felicidad como un estado sostenido no deja de ser una estupidez. Unos la buscan en el éxito, otros en el conocimiento, en la fama o en la aventura, pero no es más que una aspiración. No es posible que todo esté siempre en su lugar, que la fe no nos abandone a rachas, que las cosas se empeñen en ponerse del revés o que los males del mundo no nos atenacen.

La felicidad en términos absolutos está reservada tan solo a los “inocentes”, a las criaturas que carecen de discernimiento y que no sufren ni del calor de la angustia ni del frío de la indiferencia. El resto de los seres humanos, vulnerables al dolor y a las frustraciones, estamos llamados a beberla a pequeños sorbos. Estamos en los primeros días de un nuevo año y quizá hayamos evitado la vulgaridad de hacer promesas que no cumpliremos. Sin embargo, es un año más.

De aquí en adelante, nunca estaremos más jóvenes que hoy, ni estaremos quizá tan lúcidos como hoy. Algunos, incluso, ya no podremos pensar qué seremos cuando seamos mayores, pero junto a lo que de valioso hayamos acumulado a lo largo de la vida, en emociones o sabiduría, en placeres o en ocio, tenemos aún algo invaluable: tiempo.

Poco o mucho es lo de menos. Lo importante es saber que se tiene, que se acabará y que nos está vedado el derroche. Además, por si acaso el futuro se nos niega, sería insensato dejar a la memoria la tarea de registrar los momentos felices. Son instantes fugaces, ráfagas, pero son la esencia misma de la quimera que hemos buscado sin descanso en el éxito, en la fama, en el conocimiento o en la aventura.

“La alegría es frágil como una gota de rocío y muere sonriendo. Pero la pena es poderosa y tenaz”, decía Tagore. Como si no lo supiéramos. Como si no lo lleváramos escrito en la mirada y en la piel, pero no queremos ya más penas que forjen nuestro carácter. La suerte está echada.

Lo que no dijo Tagore es que gozar de esa gota de rocío, a sabiendas de que es un momento feliz, es un desafío a la muerte y la contemplación de una versión abreviada del bosque de la felicidad.


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