Si sigue el debate en torno a las iniciativas de ley energéticas/climáticas que se discuten en el Congreso, se percatará de que los oponentes “perforen–chicos–perforen” de estas legislaciones ahora están afirmando dos cosas. La primera es que el mundo se ha estado enfriando últimamente y no calentándose, y la otra es que Estados Unidos simplemente no puede pagar ningún tipo de impuesto a las emisiones de carbono.
Pero lo siguiente seguramente también lo creen, aunque no lo dicen: creen que el mundo va a enfrentar una plaga masiva, como la peste, que acabará con 2 mil 500 millones de personas en algún momento entre ahora y 2050.
Creen que para Estados Unidos es mejor que el mundo sea dependiente del petróleo como fuente de energía, producto en gran parte controlado por países que nos odian y cuyo precio se incrementa con el aumento de la demanda, en lugar de tecnologías energéticas limpias, controladas por nosotros, cuyo precio se reduce cuando aumenta la demanda.
Y, finalmente, creen que la gente del mundo en desarrollo es muy feliz siendo pobre, basta con darles un poco de agua potable y electricidad y estarán bien; nunca querrán vivir como nosotros.
Sí, los oponentes al uso de cualquier impuesto a las emisiones de carbono para estimular alternativas al petróleo deben creer todas esas cosas, porque es la única forma en que sus argumentos tienen sentido. Permítanme explicar por qué pienso lo anterior, explicando antes cómo veo este tema.
Soy un partidario de la energía limpia. Lo verde para mí no es meramente reciclar la basura, sino renovar todo Estados Unidos. Por eso, he estado diciendo que el verde es el nuevo rojo, blanco y azul. Mi argumento es simple: creo que el cambio climatológico es real. ¿Usted no? Eso es asunto suyo. Pero hay otras dos enormes tendencias que nos pasan por encima, con implicaciones energéticas que simplemente no podemos negar. Y la forma de renovar Estados Unidos consiste en que tomemos la delantera e inventemos tecnologías para encarar estos problemas.
La primera es que el mundo cada vez está más poblado. Según el informe poblacional de 2006 de la ONU, la población mundial probablemente se incrementará 2 mil 500 millones, pasando de los actuales 6 mil 700 millones a 9 mil 200 millones en 2050. Este incremento equivale al tamaño mundial de la población en 1950 y será absorbido, principalmente, por las regiones menos desarrolladas, cuya población tiene proyectada un incremento, pasando de 5 mil 400 millones en 2007 a 7 mil 900 millones en 2050.
Las implicaciones de energía, clima, agua y de contaminación, de sumar otros 2 mil 500 millones de bocas que alimentar, vestir, albergar y transportar serán asombrosas. Y esto vendrá, a menos que, como aparentemente lo creen los detractores, una pandemia global o un brote masivo de abstinencia congele la población mundial.
Considere otra cosa más. El mundo cada vez se hace más plano, ahora más y más gente puede ver cómo vivimos, aspirar a nuestro estilo de vida e, incluso, tomar nuestros empleos para vivir como nosotros. Así que no sólo estamos agregando 2 mil 500 millones de personas para 2050, sino que muchos más vivirán como estadounidenses, con casas y autos del tamaño de los estadounidenses y comiendo Big Mac del tamaño de las estadounidenses.
¿Qué sucede cuando las naciones en desarrollo con poblaciones vehiculares cada vez más grandes reciben decenas de millones de autos alimentados por combustible derivado del petrolero, en momentos de recuperación económica y ausencia de considerable exceso de oferta del energético?, cuestiona Félix Kramer, experto en autos eléctricos que defiende la electrificación de la flota automotora de Estados Unidos, misma que sería alimentada cada vez más por fuentes renovables de energía. Lo que sucede es que, por supuesto, el precio del petróleo se va hasta el cielo, a menos que desarrollemos alternativas. Los “petrodictadores” de Irán, Venezuela y Rusia esperan que no lo hagamos, únicamente se enriquecerían más.
Entonces, los oponentes de una iniciativa de ley seria energética/climatológica, que imponga impuestos a las emisiones de carbono, no están interesados en que seamos adictos al petróleo o eternamente dependientes de los petrodictadores, o realmente creen que no habrá 2 mil 500 millones de personas más que quieran vivir como nosotros, por lo que el precio del petróleo no aumentará mucho y, consecuentemente, no debemos aumentar los impuestos para estimular alternativas limpias y renovables, así como la eficiencia energética.
Los defensores a ultranza de las iniciativas verdes creen lo contrario. Creemos que en un mundo cada vez más caliente y más poblado con más estadounidenses, la próxima gran industria global será la Tecnología Energética (ET, por sus siglas en inglés), basada en energía limpia y eficiente. Tiene que ser así. Y creemos que el país que invente y despliegue más ET disfrutará de la mayor seguridad económica, energética y nacional y tendrá las empresas más innovadoras y el mayor respeto mundial. Y creemos que ese país debe ser Estados Unidos.
De lo contrario, nuestros hijos nunca disfrutarán del estándar de vida que tuvimos nosotros.