El asunto es delicado, tiene que ver con las libertades de expresión y de culto, y tiene que ver con educación. Tiene que ver con un reggae por aquí y otro por allá, con un aleluya por aquí y un “gloria a Dios” por allá, y con disposiciones ministeriales.

Al colegio los estudiantes deben ir en busca del arte y de la ciencia. ¿Y qué se les ofrece? Pachangas de reggae y actos esotéricos para-religiosos. “Ah... eso es lo que les gusta”. Es la música que pega y ellos necesitan de algún “avivamiento espiritual”.

Es una vergüenza nacional que, en la práctica, se dé a los estudiantes tan mezquinas ofertas. No porque les “guste” el reggae hay que dárselo en los patios de los colegios. No porque algún pastor (católico o evangélico) considere que estos muchachos llevan “el diablo adentro” hay que hacer actos de exorcismo.

A la vista gorda (o con la aprobación) de los directores de los colegios, de algunos altos funcionarios del Ministerio de Educación y de la ministra Doris Rosas de Mata, regueseros y pastores imponen su reino de alienación en donde debiera imperar la razón y el conocimiento científico.

Hay disposiciones ministeriales que no se cumplen, que son muy débiles en su planteamiento y que dejan la puerta abierta para que estas actividades se sigan dando. En una circular de la secretaría general, del 4 de junio del 2002, se solicita a los directores de los colegios que “interpongan sus buenos oficios de manera que en las escuelas y colegios del país se evite, en lo posible, en los actos culturales, la música reggae, el llamado pique y cualquiera otra música o baile sensual que pueda desvirtuar los valores éticos y morales que deben imperar en estos actos que, como su nombre lo dice, son culturales y deben promover la cultura integral del estudiante que tanto se ha visto afectada en los últimos días”.

Pareciera ser que las altas autoridades del Ministerio de Educación no tienen o no aplican los instrumentos necesarios para que esta disposición se cumpla, o será que se acogen “al que calla, otorga”.

En cuanto a los actos para-religiosos de “avivamiento”, en el memorando de la secretaría general no se dispone nada.

El asunto es delicado, ciertamente, pero también es sencillo. Los regueseros deben siempre tener la libertad para expresarse con su música y sus bailes. El punto crítico aquí es dónde lo hacen: en un jardín de baile o en una discoteca, a la que asiste quien quiera, está bien. No así en un colegio donde tienen la audiencia cautiva y al cual los estudiantes llegaron por razones muy distintas a las que puedan encontrarse en un concierto de reggae.

También es delicado y sencillo el tema cuando se traslada a los actos de “avivamiento espiritual”. Toda persona tiene el derecho de creer o no creer en lo que quiera; eso es incuestionable. Lo malo es que se utilice a los estudiantes como fieles forzados para que participen en actos exorcistas de “avivamiento” en los que impera el mangoneo sicológico. El lugar indicado para experimentar tales manifestaciones es la iglesia o el templo al que asiste quien quiera sin limitaciones; no es el patio de un colegio.

Ni el reggae ni los “aleluyas” ayudan a superar los problemas de disciplina que pudieran haber en los colegios; todo lo contrario, contribuyen nada más al “muévelo, muévelo, mami” o al cantito de “las gotas caen, caen; las penas salen, salen”. De tal forma que en la mente de los muchachos se concibe que lo pueden mover y después los “pecados” son perdonados, sin enmienda.

Los colegios deben ser centros de mucha actividad recreativa, tanto del arte como de la ciencia, pero en el reggae no hay nada de valor artístico y en los avivamientos no caben ni el saber ni la conciencia.

La libertad de expresión es extensiva, es un derecho de todos, pero así como no puede utilizarse una carretera para que pasen los barcos, tampoco pueden utilizarse los colegios para que transite la vulgaridad. El asunto de la libertad de culto debe ser, igualmente, extensivo a toda la población; pero esto no indica que se establezca que quien no quiera creer o creer distinto a la mayoría, se vea obligado a asimilar mensajes religiosos como parte de sus estudios. La escuela debe prescindir de toda programación o acción religiosa, debe ser totalmente laica.

Si las autoridades del Ministerio de Educación y los educadores se disponen firmemente a enderezar este entuerto, de seguro que se habrá avanzado en la formación disciplinaria de todos los estudiantes, incluso de aquellos que acuden a la reyerta callejera.