La historia nos muestra que la relación entre las personas y las enfermedades es tan antigua como la existencia misma de la humanidad. Enfermedades contagiosas como viruela, gripe, tuberculosis, cólera, lepra, sífilis, la mal llamada gripe española y, especialmente la peste bubónica, fueron percibidas como una terrible maldición, hundiendo a las gentes en una profunda depresión física y moral.
Las epidemias son fenómenos que han tenido un gran protagonismo e influencia en las transformaciones del espacio urbano. Por ejemplo, la decisión de los londinenses, en 1866, de eliminar los olores putrefactos del río Támesis – receptor de todo tipo de desechos- los llevó a construir redes de acueductos y alcantarillados salvando así a muchos del cólera; en Barcelona, en 1844, se eliminaron las murallas para aliviar el hacinamiento; en París, los esfuerzos de higienismo liderados por Haussmann impulsaron la construcción de amplias áreas verdes y parques. En otros lugares modificaron los cimientos para evitar la entrada de ratas. En Panamá, las medidas para combatir la malaria y la fiebre amarilla incluyeron colocar mosquiteros en las ventanas y eliminar zanjas de drenaje, además de construir acueductos y alcantarillados.
Esas plagas produjeron cambios de paradigmas políticos, económicos y sociales, lo que sin duda también provocará el coronavirus. Es tiempo de repensar el urbanismo. En periodos cada vez más breves surge una nueva amenaza; entre el 2003 y el 2013, se dieron altas incidencias en el sudeste asiático y Canadá de la gripe aviar y del SARS (Síndrome Respiratorio Agudo); en el 2014, hubo un rebrote de ébola originado en Guinea en el 2013. El coronavirus fue reconocido por primera vez en los años 60, y desde entonces se han identificado seis variedades diferentes hasta el actual SARS Cov 2.
Los viejos problemas con nuevos matices han brotado con fuerza y obligan a replantearse las políticas urbanas convencionales, a revisar la relación entre el espacio urbano y el espacio público, a impulsar decididamente la planificación estratégica de las ciudades y la forma en que se las gestiona y, particularmente, a contrarrestar las relaciones de poder responsables de las desigualdades territoriales en Panamá.
Análisis impulsados por el BID, entre 2015 y 2019, sobre movilidad, resiliencia, ordenamiento territorial y otros, confirmaron la magnitud y gravedad de las desigualdades sociales y territoriales del área metropolitana de Panamá, originados en la ausencia de planificación y en la excesiva libertad otorgada a las fuerzas del mercado. ¡No tropecemos con la misma piedra otra vez!
Lo ocurrido durante la cuarentena muestra que la organización de las ciudades requiere cambios estructurales. Este confinamiento, además de sus propósitos sanitarios, abre una oportunidad para devolver la ciudad a las personas, para reorganizar la movilidad y el espacio público, para desmercantilizar la ciudad, asegurar vivienda y fortalecer el manejo ambiental.
No obstante, los gobiernos -nacional y locales -responsables de orientar el desarrollo urbano, hasta ahora no han propuesto estrategias integrales que impulsen rigurosa y sistemáticamente políticas y programas de ordenamiento territorial que mitiguen los viejos conflictos y atiendan los desafíos asociados a la pandemia actual y las amenazas derivadas de la crisis climática.
Actualmente, los debates más intensos en el campo del urbanismo giran fundamentalmente en torno a las ciudades compactas, espacios públicos y movilidad. Los consensos apuntan hacia la ciudad de la proximidad, como el nuevo paradigma, donde el objetivo es la desconcentración y la multicentralidad; lo que implica transitar de la economía de la aglomeración a la de la proximidad. A este modelo se le ha llamado la ciudad de los 15 minutos, donde la población se desplaza a pie o en bicicleta.
En el contexto de Panamá, se trata de convertir a los barrios en la unidad territorial por excelencia y consolidarlos, no solo en asuntos físicos y de infraestructura, sino esencialmente en los aspectos identitarios y sociales, impulsando las microeconomías barriales y generando empleo local. De hecho, muchas de las políticas urbanas europeas previas a la pandemia, buscan visibilizar y elevar el barrio a la categoría de planificación, enfatizando los derechos ciudadanos y la participación de sus habitantes en las decisiones urbanas.
La resiliencia urbana ante eventos extremos y disruptivos de salud o climáticos, se logra con la vida policéntrica que pone valor en la mixtura de usos; que posibilita las compras de proximidad y el acceso a múltiples servicios; que busca localizar los trabajos cerca de las casas; que diseña los lugares para adaptarse a múltiples usos, y que diseña calles tranquilas y verdes, rescatando así al peatón y al ciclista.
Muchos piensan en las ciudades como lugares que concentran conflictos, pero también son lugares de oportunidades y de sinergias. A la necesidad de resolver asuntos básicos de habitabilidad se suma la de satisfacer viejos y nuevos derechos urbanos y ciertamente la dotación de vivienda digna como parte de la solución a futuras calamidades colectivas. La pandemia nos ha mostrado que la supervivencia individual no será posible sin solidaridad y justicia social.
La autora es arquitecta y docente de la UP
