Barack Obama tiene razón. Tal como dijo al término de la cumbre del G–20 celebrada el jueves en Londres, “no hay ninguna garantía” de que las medidas acordadas allí sean capaces de revertir la recesión económica mundial.
Sin embargo, el resultado de ese encuentro, que congregó a los gobernantes de 20 países que generan casi el 90% de la riqueza mundial, fue claramente positivo.
Su aporte más concreto y contundente fue estructurar un conjunto de medidas para estimular la producción, las finanzas y el comercio internacionales, por valor de 1.1 billón de dólares a la reactivación. Y sus principales beneficiarios serán los países en desarrollo. De ese total, $750 mil millones serán incorporados a los recursos del Fondo Monetario Internacional (FMI). El Banco Mundial será capitalizado con $100 mil millones más, y $250 mil millones se dedicarán a financiar el comercio global.
Pero hubo otras decisiones importantes. Entre ellas están mejorar las regulaciones financieras internacionales, con énfasis en los fondos especulativos (conocidos como hedge funds) y las agencias clasificadoras; crear un consejo de estabilidad financiera, que colaborará con el FMI para alertar sobre riesgos macroeconómicos mundiales, y presionar a los países incluidos en una nueva lista de “paraísos fiscales”, para que cooperen más con las autoridades bancarias internacionales.
Se produjo, además, un nuevo reconocimiento de la importancia que tiene el comercio internacional para el desarrollo, y una promesa de no elevar las barreras a los intercambios de bienes y servicios, así como de evitar el proteccionismo financiero.
La gran diferencia que existía entre Estados Unidos y Gran Bretaña, de una parte, y Europa continental, de otra, sobre la aplicación de estímulos fiscales a la producción, no se convirtió en un escollo para el acuerdo. Fue resuelta con una frase en el comunicado final que, simplemente, compromete a los signatarios a impulsar las medidas que sean necesarias para lograr un “desarrollo sostenido”. Esta falta de especificidad, sin embargo, no resulta particularmente seria, dado que las decisiones de política tributaria corresponden a cada país.
Insuficiencias y generalidades aparte, el éxito de la reunión también debe medirse por la muestra de unidad que, en medio de las diferencias, dieron los 20 gobernantes que participaron en la cumbre.
El primer ministro británico y anfitrión de la cumbre, Gordon Brown, describió su resultado con estas palabras: “Este es el día en que el mundo se puso de acuerdo para luchar contra la recesión global. Nuestro mensaje es claro y certero: creemos que los problemas globales necesitan soluciones globales”.
La presencia en el encuentro, como actores en plena igualdad de condiciones, tanto de los gobernantes de las grandes economías industriales, como de los principales países emergentes, marcó otro logro indudable, sobre todo por la capacidad de coincidir en un repertorio de acción concertada. Por América Latina asistieron los de Brasil, México y Argentina.
La convergencia “norte–sur” lograda en Londres implica un estimulante mensaje, que enfatiza la búsqueda de soluciones sobre el exacerbamiento de las confrontaciones, y que augura también una reforma en la arquitectura de organismos como el FMI y el Banco Mundial.
¿Implica esta reunión el punto de inflexión de la crisis? Difícil decirlo, y probablemente no. Ni las medidas tomadas previamente por los distintos países y regiones, ni las acordadas en Londres, podrán rendir resultados inmediatos. Además, aún no se ha definido plenamente cómo atender las catastróficas pérdidas acumuladas por los sistemas bancarios del mundo desarrollado.
Todo lo anterior implica que será necesario esperar para valorar el impacto de los acuerdos y saber si deben ser complementados o rectificados. Pero la dirección establecida fue correcta; quizá la mejor posible, dadas las circunstancias.
Por ello, aunque –como dijo Obama– las garantías de éxito no existen, las esperanzas de que la crisis sea contenida y revertida a mediano plazo son ahora mayores.