La explicación evolutiva del sexo apunta, más allá de las ventajas de un sistema de reproducción –un sistema que combina los genes–, la necesidad de que los machos y las hembras se vean atraídos entre sí y sean capaces, pues, de distinguirse. Eso que parece tan obvio no lo es en absoluto a menudo; en particular si se trata de una especie tan alejada de la nuestra que los dos sexos nos parecen idénticos.
La constatación de los dimorfismos sexuales, o de su ausencia, puede llevar a engaño incluso a las miradas expertas. Las hienas se consideraron durante largo tiempo hermafroditas porque los genitales de las hembras semejan un escroto masculino. Pero, como dice la frase hecha relativa a qué diferencias tiene una mosca macho, por ejemplo, respecto de una hembra, puede que tú no lo sepas pero ella seguro que sí.
Un trabajo de bioquímicos y neurobiólogos de la universidad de Columbia (Nueva York) y el Howard Hugues Medical Institute (Boston, Massachussets y Ashburn, Virginia) acaba de poner de manifiesto que no es raro el que nos cueste identificar la ventaja sexual, las diferencias de las moscas machos, porque las hembras, según parece, tampoco las ven. Las huelen.
El estudio dirigido por Vanessa Ruta, ha examinado el rastro cerebral que dejan las feromonas masculinas de la mosca de la fruta Drosophila, conocidas por sus efectos de promover la conducta agresiva en los machos y la receptividad sexual en las hembras.
La relativa simplicidad del circuito neuronal establecido, con cuatro neuronas y tres sinapsis en el caso más sencillo, permite examinarlo en detalle analizando en qué consisten las diferencias en la activación cerebral de uno y otro sexo.
Si alguien se siente ofendido por el hecho de que se comparen la conducta de apareamiento de las moscas y el cortejo amoroso de los humanos, tiene razón. De querer hacerse algo semejante en nuestra especie estudiando, por ejemplo, los efectos en el cerebro de cualquiera de los perfumes carísimos que se anuncian por la televisión, el resultado, si es que se lograba alguno, resultaría descorazonador.
Descender al nivel de la sinapsis en el estudio de la respuesta del cerebro humano ante los estímulos es una utopía hoy por hoy –a eso mismo se refería el neurocientífico español Javier DeFelipe hace poco en una de las revistas más prestigiosas que existen, Science.
Pero la ciencia avanza de esa forma: mediante esquemas sencillos y factibles de ser sometidos a experimentación a partir de los que cabe establecer hipótesis muy aventuradas al principio, como sucede con todas las extrapolaciones. Así se esbozan las leyes generales capaces de explicar el misterio de unas diferencias que la selección natural ha impuesto a cada sexo.
Cosas que tienen que ver con los olores, los colores, las formas y los comportamientos. Cosas que tal vez nos den un indicio acerca de por qué, en tan diversas y múltiples ocasiones, los humanos nos comportemos con tan poca sensibilidad y prudencia como cabría atribuir al insecto más cegado por los instintos cuando anda por medio el atractivo sexual.