Una de las grandes mentiras de esta pandemia ha sido (está siendo) la idea de que saldríamos de ella siendo mejores personas, con un concepto más amable y bondadoso de lo que significa ser prójimo. Vimos en la televisión imágenes de filántropos de todo pelaje, condición y color político y nos vendieron eslóganes donde todos éramos héroes, estábamos en guerra o éramos un equipo.

Pero pasada en muchos país la pandemia, la desescalada está demostrando que lo que todo el mundo quiere es volver a su vida exactamente donde la dejó. La gente no quiere absurdas “nuevas normalidades”, ni tonterías semejantes: la gente quiere ir a la playa, viajar, seguir trabajando, echando pa´lante porque no queda, después de meses de encierro, otro remedio que dejar de lado tanta bondad efímera y plantarle cara al mañana que es hoy mismo.

Las necesidades no esperan, las circunstancias son necias y los bienes y la tolerancia escasos. Si bien es cierto que muchas personas han sido tan generosas como siempre, los que se han apuntado a salir de amigos de los necesitados, así de repente, no lo han hecho más que en su propio beneficio y el de su imagen.

Seguir pa´lante es la consigna que desbarata toda esta marea de anuncios comerciales con manos unidas y aplausos comunitarios y agradecimientos de parte de todos, cuando la mayoría no ha tenido ni qué llevarse a la boca, por muchas bolsas que se repartan. Como ya dijimos semanas atrás, los corruptos y los entusiastas de la ignorancia no han estado en cuarentena.

Nunca hemos sido un equipo. Unos han estado confinados, recibiendo el lavado de cerebro de la “nueva normalidad” y los otros han estado trabajándose nuestra plata con una cara dura sin precedentes ni respeto pero, a los de siempre, nos toca seguir adelante, eso sí, el día que nos toca y según el último número de cédula, no sea que encima nos multen o detengan.

El autor es escritor