[RECONOCIMIENTO]

El símbolo que se va, pero se queda

Kennedy fue uno de los más insistentes proponentes y, luego, un firme impulsor de las negociaciones que dieron como resultado la firma de los Tratados sobre el Canal Torrijos-Carter.

La última vez que conversé con el senador Edward Kennedy fue en noviembre de 2007. Todavía no le habían diagnosticado la enfermedad que le llegó como un ciclón imposible de resistir. Corrían tiempos de discusión y análisis del TPC entre Panamá y EU y Kennedy tomó la decisión de abrir puertas, de colaborar para que las principales dudas se fueran disipando, dado que la concertación es de beneficio para ambos países.

Federico Humbert, el embajador panameño, estaba conmigo en ese instante. Kennedy caminaba con paso seguro, como quien se deja guiar por una convicción muy profunda. En un impulso característico de su conocida personalidad arrolladora, quiso que lo acompañáramos hasta el mismo piso del Senado, que es un privilegio reservado para los propios senadores y, con voz resonante y sin titubeos, le dijo a todos los concurrentes: “Escuchen lo que el hijo de nuestro amigo Gabriel, que hoy es vicepresidente y canciller de Panamá, les viene a explicar”.

Esa oportunidad, de la mano de uno de los más significativos referentes de la vida política contemporánea de EU, se aprovechó hasta el máximo, porque permitió entrar de lleno a profundizar en el significado y en los alcances de esta concertación internacional de tanto valor para nuestra perspectiva económica, dado que tiene la virtud de ampliar y multiplicar nuestro mercado. El gesto, espontáneo y entusiasta, fue el último episodio de una trayectoria a favor de las aspiraciones de Panamá.

El senador, representante de una familia que ya forma parte de la historia de EU y del mundo, comprendió la importancia y conveniencia de que su país concretara un tratado con Panamá para resolver las causas de conflictos que giraban alrededor de la soberanía panameña y la administración del Canal. Kennedy fue uno de los más insistentes proponentes y, luego, un firme impulsor de las negociaciones que dieron como resultado los Tratados Torrijos-Carter, firmados el 7 de septiembre hace 32 años, y de cuya entrada en vigencia se cumplirán 30 años este 1 de octubre. A Kennedy se le recuerda por dos factores: votó a favor, que no era poca cosa, dado que a los que emitieron ese voto le fueron pasando factura, tanto como hicieron con el propio presidente Carter. En el caso de Kennedy, además, se le tiene presente en la memoria, porque fue más allá de su responsabilidad de votar. Expresaba su punto de vista, a panameños y norteamericanos por igual, aconsejaba en las situaciones difíciles, orientaba sobre pasos a seguir en el Senado y colaboraba en el esfuerzo de vincular a sectores del campo demócrata, de distinta procedencia social, para que el esfuerzo negociador no se frustrara.

El tiempo le permitió ver, en las múltiples visitas que realizó a nuestro país, la equilibrada justicia que se logró y la conveniencia ética de haber tomado los riesgos políticos, con el resultado de que Panamá pudo alcanzar las condiciones para definir su destino como dueña de su posición geográfica.

El senador también contribuyó a la definición de criterios y a la formulación de políticas en EU que permitieron entender la naturaleza real de la crisis que vivió Panamá a fines de la década de 1980. Sintió que era su deber apoyar a los panameños en su aspiración de reconquistar la democracia. Esta convicción lo llevó a pasos impensados para aquel tiempo, como trabajar con enconados adversarios que tenía en el Senado –Jesse Helms, por ejemplo– en demostración de un sentido práctico de la vida pública, que combinaba con ideales de justicia y de paz. Por esas razones, merece reconocimiento. En los funerales de este amigo de Panamá no es que se esté sembrando un muerto. Más bien lo que se hace es sembrar una semilla de dignidad, de inteligencia, de ecuanimidad y de respeto al ser humano y de las instituciones que, tanto en EU como en el continente, los hombres y mujeres de este tiempo crean en la búsqueda de la sana convivencia. De allí que Edward Kennedy es un símbolo que se va, pero también se queda.


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