[ECONOMÍA]

No tener es pecado

Entre los factores que contribuyeron al estallido de la crisis económica mundial se ha señalado nuestro modelo de crecimiento económico, basado en una sociedad de consumo surgida después de la Segunda Guerra Mundial. Al mismo tiempo, pocos economistas y políticos han ofrecido alternativas al consumo como solución a la crisis. Al alcohólico se le ofrece una botella de ron para curarse de su alcoholismo.

Pero si la causa del alcoholismo fuera el alcohol, todas las personas que lo probaran acabarían con el mismo problema, como si la estabilidad emocional y el entorno social no jugaran también un papel fundamental. Así sucede con las sociedades alineadas por el consumo. La causa de su enfermedad no radica en los objetos de consumo en sí, sino en el vacío que conduce a las personas a acumular coches, a “tener que tener” una segunda casa en propiedad, de preferencia en una playa; a cambiar de teléfono celular cada dos meses, a comprar cosas que no necesitan, a forzarse siempre a “estar a la moda”.

Ese “tener que tener” se ha extendido como la pólvora en las llamadas “democracias occidentales”, como si entre los rasgos de la democracia estuviera la posibilidad de elegir entre 20 marcas distintas de champú. La perversión del lenguaje llevó a la confusión entre “libre mercado” y democracia. La asociación de felicidad con consumo ha engendrado sociedades con una insatisfacción perpetua, porque siempre se puede comprar más, siempre se puede tener más.

Los bancos lo supieron aprovechar con las grandes facilidades que ofrecieron a sus clientes para obtener tarjetas de crédito. Coches, viajes y compras en grandes almacenes. Pero también fueron los préstamos y las hipotecas concedidas, en muchos casos a personas de dudosa o nula solvencia para pagar esa deuda.

Nadie obligó a las personas a endeudarse en esa vorágine consumista, dicen con razón personas críticas con la demonización de los bancos. Pero las entidades financieras han jugado con ventaja: la letra pequeña de los contratos, los cambios en los tipos de interés por la volatilidad de la economía especulativa, así como información a la que no tienen acceso los clientes. La opción por una vida consumista le ha salido cara a miles de millones de personas afectadas por la crisis económica: endeudamientos a los que pocos han podido hacer frente, embargos y desahucios insuficientes al día de hoy para saldar las deudas de la hipoteca.

Las grandes instituciones financieras mundiales han impuesto a los estados medidas para reducir el déficit que afecta de forma directa a la población: recortes en las pensiones y en las ayudas al desempleo, disminución del gasto público para ayudas al desarrollo en países empobrecidos, para educación y para salud, y el estiramiento de la edad de jubilación.

El poder adquisitivo ha disminuido de forma considerable con el aumento de los precios, con el creciente desempleo y con las dificultades para acceder a préstamos y a ayudas. Esto, junto con los mensajes de políticos que piden “apretarse el cinturón”, ha frenado el ritmo de consumo. Pero aún queda lejos el destierro del “tienes que tener”, como lo demuestran la publicidad y la ocupación de los centros comerciales algunos fines de semana.

A la esquizofrenia de ese doble discurso se suma la conciencia y el sentimiento de culpa por los estragos de nuestro “desarrollo” en el planeta del que formamos parte. Lo que le hacemos a la Tierra nos lo hacemos a nosotros mismos. Se habla del CO2 en la atmósfera, de las catástrofes que produce el calentamiento global y de las guerras alimentadas por la sed de petróleo.

Al mismo tiempo, se exigen ayudas públicas para salvar a un sector del automóvil que aún tiene bajo llave modelos que utilicen energías más limpias.

Confucio hablaba de recuperar el sentido de las palabras cuando le preguntaron qué hacer para acabar con tanta miseria y corrupción. Tres mil años después, la corrupción del lenguaje ha desvirtuado conceptos como democracia y felicidad.


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