Al final de la Segunda Guerra Mundial, un suspiro de alivio recorrió el Occidente: la contienda había sido feroz, pero la humanidad se había librado del nazismo y la tiranía de Hitler. El mundo aprendería la lección, los países no se dejarían seducir por caudillos fanáticos y renunciarían a ideologías aberrantes, como el nacionalismo y el racismo, que habían provocado la reciente catástrofe.
Se abría un período de paz y convivencia en el que prosperarían la democracia y la cultura de la libertad.
Era un optimismo precipitado. Entre los vencedores, estaba la Unión Soviética y Stalin no tenía la menor intención de renunciar a su propia versión del totalitarismo y a conquistar el mundo para el comunismo.
Muy pronto comenzó la Guerra Fría que, por 40 años, mantendría al planeta en vilo, bajo la amenaza de una confrontación atómica que acabara con la civilización y acaso con toda forma de vida en el planeta.
El desplome de la URSS por putrefacción interna y la conversión de China en un país capitalista (pero vertical y autoritario) despertaron, a fines de los años de 1980, un nuevo entusiasmo en todos los amantes de la libertad.
El enemigo más enconado, junto con el fascismo, de la libertad se desplomaba por efecto de su fracaso económico y social, sus injusticias y sus crímenes.
Una vez más la democracia aparecía como el único modelo capaz de generar la coexistencia en la diversidad en el seno de las sociedades, y de producir desarrollo, riqueza y oportunidades dentro de un sistema de respeto a los derechos humanos, legalidad y libertad.

