Cuando rezongan que el Carnaval enmascara la irresponsabilidad del panameño, algunas inteligencias remontan menos que fuego artificial húmedo. Habría que preguntarse si seríamos capaces de soportar el resto de los 360 días sin el borrador de penas y rencores que consiguen murgas y cohetes durante estos cinco días. Sin la desconexión que éste propicia quedaríamos en manos de un ser monstruoso e insoportable, el aguafiestas.
El aguafiestas: dícese de este adorador de lo inmutable, declarado enemigo mortal de todo jolgorio y que, con solo la mirada, agua el buen trago. Uno que, en vez de creatividad popular, ve mal gusto en las alusiones y doble sentido de las tonadas. Mismo que no ha descubierto que la manera más sobria de evitar que murgas revienten tímpanos es pasarla con un “alegrador”. Su rabia termina por diluir hasta las ganas de cantarle sus verdades a la otra calle y de gritar ¡fea! a su reina.
Toda obra vocal, una vez en boca del pueblo, evoluciona. Las tonadas tampoco son la excepción. A pesar del intento del alcalde de moderar su carácter cáustico, el martes en el parque desbordarán prohibiciones, para poner al comité responsable de la calle en problemas ante la autoridad.
Su creación es un proceso que concita equipos especializados. Unos despliegan aquella rara vocación de rebuscar durante todo el año, cual detectives obsesivos, entre lo que se cocina en la olla bochinchera pueblerina sobre la otra soberana. Otros, versificadores vernaculares, genuinos maestros de la sorna, primero identifican pasajes que prometen ser tan memorables como picantes. A partir de esa materia prima, crean piezas que satirizan y afean a la reina adversaria, mientras glorifican a la suya. Ya con música, ascenderán al parnaso de las tonadas.
Recuerdo estribillos de hará medio siglo, “Nos quemaron la galera…”, “Delen sequito…”, “El pajarito, voló, voló”, de autores perdidos en el anonimato. Estos acentuaron el papel integrador entre interior y capital que hacía el Carnaval.
Me tocó vivir también el de la Avenida Central. El confeti daba a la rodilla, mientras Willie Colón y orquesta prendían la Plaza 5 de mayo. Algunos se escandalizaban con el pregón de un pícaro Héctor Lavoe, “el pianista se está fumando las cáscaras de plátano”, ni qué decir con el desnudista disfrazado de relámpago, todo en medio de provocativas minifaldas.
La cara reaccionaria de la moneda prefiere ubicarse en los años del Carnaval elitista, cuando las reinas salían del Club Unión, galantes caballeros atomizaban perfume a empolleradas con cadenas de oro puro, al compás de “Yo quiero que tú me lleves al tambor de la alegría”. ¡Cuánta belleza!
El Carnaval, al tiempo de hacerse popular, absorbió aquella amalgama de evolución y decadencia del barrio. Se hizo espejo de una sociedad que convulsiona por la lucha entre una tradición atemporal y quienes proponen un cambio, mismo que será progreso cuando filtre la decadencia.
Aquel sempiterno debate viene circundando a la pollera. Unos tradicionalistas observan decadencia en la tendencia de telas y tembleques multicolores por más que aporten una creatividad luminosa. En Guararé, el Patronato del Festival multó al audaz profesor que se atrevió a insertar un ecualizador en el cuerpo de la mejorana aunque amplificara su sonido en los eventos masivos de hoy. Mantienen la tradición inmutable, pero, dan la espalda al progreso.
Aquel hiperrealista, ante cada bandazo de agua, nos recuerda que los ríos se están secando o al unísono del siseo serpenteante de voladores, reclama la pobreza cierta de nuestros pueblos.
Nosotros los carnavaleros, saludamos el calor veraniego con una “fría”. Aquel fresco alivio que trasvasa el gaznate, junto a la murga y majestuosidad del carro alegórico, actúan como antídotos contra la realidad, invitándonos a cargar baterías en esta locura temporal de la farsa.
El autor es investigador social
