Perspectiva ecosistémica

Un país artificialmente inteligente

La pandemia nos ha afectado a todos y todas. Pero este efecto mórbido que recorre como un flagelo el mundo entero, no es una crisis ecológica, si no ecosistémica y socialmente generada. Fuera del entretenido campo de las teorías conspirativas, si buscamos la causa en la naturaleza, podemos descubrir que esta pandemia, tiene muchas manifestaciones, pero su causa primaria está en la pobre relación que como seres humanos establecemos con el medio natural.

Hoy la naturaleza gime y clama como con dolores de parto. Hay soluciones costo efectivas que deben ser implementadas con diligencia, aprovechando el impulso pandémico que en muchos sectores se ha vuelto un motor de oportunidades para romper con enfoques trasnochados y la ortodoxia, ya sea pública o privada, del modelo de gestión, que hasta hoy , parecía hacer una lectura del presente con viejos conceptos, como cuando dejamos la carreta tirada por caballos, pero al auto le llamamos carro, y la fuerza del motor que lo tira, caballos de fuerza; es una forma de nombrar lo novedoso usando conceptos de viejos paradigmas.

De acuerdo con datos de The Nature Conservancy (TNC), cada año se queman o talan alrededor de 13 millones de hectáreas de bosques en el mundo, mientras que en Panamá, una cifra nada despreciable, según el Ministerio de Ambiente, entre 2012 y 2019, se perdieron más de 56 mil hectáreas, a un ritmo de 8 mil por año. Por un efecto de supervivencia colectiva o por eco analfabetismo, este bien menor en el bolsillo de unos pocos, produce un mal mayor en la sociedad con ciudadanos que parecen no notarlo, y como dice el Informe Estado de la Nación 2019 (EN), porque la democracia no trae consigo más demócratas.

El subsidio de la naturaleza al modelo de desarrollo basado en crecimiento económico ha resultado hasta hoy insostenible. Esta pérdida de biodiversidad genera desequilibrios y alteraciones climáticas que facilitan que los patógenos pasen de animales a humanos, se propaguen rápidamente y se hagan más resistentes. Tanto la deforestación como subsidio de la naturaleza al crecimiento, o la cultura del colchón en el río, son dos caras de la misma moneda. Pero la cadena bacteriana también es claramente identificable en los ecosistemas humanos en democracias imperfectas, que están siendo afectadas por agentes tóxicos de una cultura política a la que, como decía la profesora Ana Matilde Gómez, ya no aspiran los mejores hombres y mujeres de la patria; y como un virus en el ecosistema social, por ausencia de contrapesos y competencia, se hacen cada día más fuertes.

Tal vez le esté llegando el tiempo político a la sociedad civil organizada, de promover grandes proyectos y trasformaciones que reduzcan el rezago acumulado más importante de la última década, las reformas constitucionales. Panamá cuenta con uno de los presupuestos sanitarios más elevados de la región (CSS y Minsa), y a pesar de los pesares, hemos tenido que recurrir al endeudamiento con la banca internacional y estoy casi convencido que el precio de la nueva deuda, se contabilizará junto a la secuelas biosicosociales, salud mental comunitaria, daños colaterales actuales y futuros resultantes de esta pandemia. Hoy las historias que nos contamos acerca de integrar una respuesta ante la vorágine casi apocalíptica que ha traído este virus, confronta un sistema de salud segmentado poblacionalmente, con funciones esenciales, de regulación, financiamiento y provisión que se ejercen desarticuladamente, y que como cereza en el pastel, la palabra reformas sanitarias suenan a privatizar, ya que el énfasis ha estado puesto en la separación de la provisión de servicios, el diagnóstico especializado y la utilización de alta tecnología, menoscabando la gestión descentralizada en la toma de decisiones para una oferta fuerte, mejorada y acorde con el perfil epidemiológico de las mayorías.

Los buenos marcadores económicos pre-Covid 19, nos hicieron revisar nuestro concepto de prosperidad de los últimos años, ya que el fiel de la balanza no podría estar en el justo medio, si Panamá sigue manteniendo a nueve, de los 10 distritos más pobres del país en al menos cuatro comarcas de pueblos originarios, la tele-medicina y la tele-radiología merecen una segunda oportunidad y la gente también. Tanta desigualdad da mucha pena patria, como decía Adela Cortina, “esto debe tener un mañana”.

El caso Guayaquil es un ejemplo de alternativas de como diseñar la respuesta, sin menosprecio de la experiencia; debe haber una solución integral de corte nacional hecha a lo panameño, aunque pequeños e imperceptibles cambios nos indican que algo está pasando del imaginario colectivo a la acción en “Todo Panamá”. Un estudio reciente daba a Panamá una calificación de 5.1 en el índice de preparación gubernamental para la inteligencia artificial de Oxford Insights & International Development Research Centre, colocando a nuestro país en la octava posición de la región; no obstante, según el estudio, el país no tenía una estrategia.

Ante la presión pandémica descubrimos que como proponía Comenio en la Didáctica Magna del Siglo XVII, echar mano de su caja de herramientas y promover el ingenio creativo de la inteligencia, luego si es artificial mejor, y que esta dura oportunidad que nos abre el destino, sea aprovechada y puesta a prueba por experiencias de uso como en salud y educación, que están haciendo caminos al andar.

Ambientalmente hablando, también existen diez o más inteligencias artificiales que se están aplicando con fines de conservación en el mundo y apostando alto a soluciones tecnológicas y basadas en la naturaleza, esta última que busca su redención definitiva.

Panamá demanda ambientes políticos biodiversos con capacidad de competencia y anhelados por los mejores hombres y mujeres inspirados de esta patria, para un país que acelere el uso de herramientas con software y plataformas libres que están disponibles y son de uso gratuito.

“Repensemos todo Panamá”, como un país artificialmente inteligente, e integremos una nueva forma de vida, basada en una política pública moderna tele-concertada y participativa. Ya no hay marcha atrás.

El autor es sociólogo, master en salud pública, master en participación y desarrollo, doctor en ciencias, educación social y desarrollo humano.

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