Las calles del centro de Puerto Príncipe son transitables, el tráfico en las avenidas ha recobrado su dimensión enloquecedora, los estadounidenses circulan en sus monstruosos Humvee y los cascos azules haraganean en las esquinas. ¿Es de recibo entonces que hasta 20 días después del terremoto la señora Gerda Gustave y la joven Cassanne, vecinas de la calle Saint Alexandre, acampadas en un parque con otras familias, no hubieran recibido ni una triste malla de plástico para hacerse un toldo, ni comida?
El lunes les dieron arroz, un saco de 25 kilos con la bandera de Estados Unidos (EU) impresa que –según el meditado plan del Programa Mundial de Alimentos y el Gobierno– se entregaba solo a mujeres, previo reparto de un mísero pedazo de papel con un sello, que al menos en el caso que describimos no lo hizo la alcaldía de distrito como se dijo sino un empleado del PAM. Pero... ¡Por fin organización! Ni saqueos organizados ni la ley del más fuerte.
En la sede de Minustah, la misión de la ONU (el cuartel general quedó destruido, pero no la base), reina el clásico burocratismo, las miradas desconfiadas, el lenguaje codificado y el “yo solo sé de lo mío”. Como de costumbres, el aparcamiento está repleto de todoterrenos blancos. En el estadio Silvio Caton, adonde acudieron nuestras vecinas de la calle Alexandre por el arroz, y adonde van cada día por agua para lavar, la ONU se hizo presente. Cascos azules uruguayos y argentinos, y soldados de EU, velaban por la seguridad. Una tanqueta en la entrada, donde se formaba el lío, y dentro, dos docenas de tipos armados dispuestos a evitar que, yendo de una en una, o en grupos de cinco, crearan problemas unas ancianas que no miraban a nadie porque ya lo han visto todo, o unas chicas que lucían tipo y reían a la vista de tanto muchachote.
Algún soldado uruguayo le llevaba el saco a una abuela. En la salida, los hombres esperan a las mujeres para hacerse cargo de él. Le explicamos a la señora Gustave por qué se decidió hacer las cosas así, y asentía: “Los hombres ya tienen su boca para comer”. No les parece mal que haya tanto soldado. Tiene el gatillo fácil la policía haitiana. Pero el hartazgo es tal que ha habido una manifestación exigiendo que los norteamericanos repartan ayuda.
Nadie comprende todo esto, y nadie lo explica. Nadie ofrece avisos regulares a Radio Metropole para que la gente sepa qué ha de esperar. Su director, Richard Widmaer, se siente decepcionado. “Cuando vino Clinton, pensaba que EU iba a coordinarlo todo. A los cuatro días, el embajador cambió su palabra y dijo que lo haría el Gobierno haitiano, que no puede hacer nada; y la ONU no sé lo que hace”. Widmaerno no entiende por qué después de la cumbre de Montreal sobre Haití hay que esperar tres meses hasta otra conferencia en que se decida cómo actuar para salvar el país. “La gente cree que todo se normalizará, y no se da cuenta de lo duro que será. Nos vamos a quedar solos”.