Como sucediera hace un año en Copenhague, el panorama no es para nada alentador ante la Conferencia de la ONU sobre el Cambio Climático COP–16. Incluso parece ser aún peor, ya que pasado un año de semejante fiasco, las emisiones de gases de efecto invernadero han seguido aumentando.
El informe del Pnuma concluye que las reducciones acordadas en Copenhague, aun si se cumplieran plenamente, representarían solo un 60% de las necesarias para evitar que las temperaturas mundiales crecieran más de dos grados por encima de los niveles pre-industriales, lo que científicos alertan sería una catástrofe. Prácticamente todas las previsiones nos indican que en la COP–16, nuevamente las negociaciones están encaminadas a un rotundo fracaso en el objetivo de salvar al planeta de una catástrofe climática sin precedentes.
Todos sabemos que el problema no es la falta de información, de conocimiento o de una mayor investigación científica. Las respuestas y las soluciones se conocen perfectamente. Lo que no se encuentra por el momento es la forma de lograr un compromiso, por parte de las naciones más contaminantes, que subyugue a sus intereses económicos.
Mientras las posibles soluciones tomadas en cuenta en cada conferencia sigan proviniendo de los propios países que son los principales causantes del problema, difícilmente lleguemos al acuerdo global necesario para detener el ecocidio y la autodestrucción hacia la que estamos encaminados.
Las COP, así como la ONU y todos estos organismos supranacionales están en manos de los mismos países dueños de los mercados y de sus multinacionales titiriteras, por lo que parece descabellado pretender que sea en esos espacios donde nazca un proceso de cambio profundo.
Sin embargo, está claro también que el norte no podría mantener sus niveles de consumo y despilfarro sin el sur. Y es allí donde se abre una ventana en medio del paredón.
Los pueblos nos vemos más afectados por el cambio climático y si bien no tenemos el poder de decidir sobre las acciones de los países del norte, tenemos la capacidad para generar presión sobre sus decisiones y deberemos utilizarla. El norte no podría mantener su estilo de vida ni un solo día sin el sur y es eso lo que tenemos que aprovechar para frenar esta locura ecocida.
Un acuerdo climático global no será posible hasta que el sur no se encuentre unido y decidido a tomar una posición firme para defender nuestros propios intereses que, en definitiva, son los intereses del conjunto de la humanidad y de todo ser vivo que habite el planeta.