Los holandeses nunca dejan de sorprender. Además de vivir en un país hermoso, famoso por sus tulipanes y con magníficas prestaciones sociales, es una sociedad que está a la vanguardia en lo que se refiere a debates de carácter ético.
Desde 2002 en Holanda es legal la eutanasia en casos de enfermedades terminales y ahora un grupo de ciudadanos plantea la posibilidad de que se despenalice el suicidio asistido, a partir de los 70 años, para las personas sanas que no deseen seguir viviendo. Retomando la causa de Ramón Sampedro, un español parapléjico que luchó hasta su muerte, infructuosamente, por que lo ayudaran a morir, esta organización defiende el principio de que la vida es un derecho y no un deber.
En Holanda se necesitan 40 mil firmas para solicitar un debate parlamentario y el grupo en cuestión, cuyo lema es “Por Voluntad Propia”, ha reunido 125 mil rúbricas; se espera que en los próximos meses los partidos discutan esta propuesta que no deja indiferente a nadie. Entretanto, los defensores del derecho a morir cuando el individuo considera que el ciclo se ha completado, se enfrentan a la oposición de los creyentes y los que opinan que la vida es algo sagrado que solo Dios o el propio curso de la naturaleza pueden arrebatárnosla.
Además del aspecto moral de esta cuestión, tal vez el apartado más delicado y complejo radica en discernir cuándo es válido que un anciano quiera dar por concluida su existencia, descartando una depresión puntual, la pérdida de sus facultades mentales o los intereses de unos familiares que podrían estar interesados en presionar o inducir a una persona mayor a quitarse la vida. Con el objeto de evitar errores fatales o decisiones festinadas sobre algo tan grave, los defensores de esta iniciativa proponen crear paneles compuestos por expertos en temas legales, espirituales y sicológicos para evaluar cada situación antes de facilitarle al interesado un coctel letal. Claro está, para ello hay que partir de la base de que, una vez ubicados en el tramo final, gozamos de la libertad de elegir el momento en el que nos retiramos para siempre del ámbito terrenal.
Teniendo en cuenta que la mayoría de las personas sigue el instinto natural de querer vivir hasta el final, incluso padeciendo enfermedades terribles y debilitadoras, es lógico suponer que solo una minoría se acogería al derecho del suicidio asistido sencillamente porque están cansados de vivir. Se trata de una militancia minoritaria y, seguramente, muy apegada a la creencia sartriana de que el hombre está condenado a ser libre.
Son muchos los paliativos médicos y la ayuda a la que puede recurrir esa mayoría que aspira a la longevidad. En cambio, para quienes creen firmemente en el derecho a morir dignamente cuando consideren que les llegó la hora del adiós, son muy escasas las alternativas que no sean pegarse un tiro, ingerir barbitúricos o abrir la llave del gas (según datos facilitados por esta organización, anualmente en Holanda se suicidan 400 ancianos). ¿Por qué, se preguntan los cientos de miles de holandeses que quieren tener control de su existencia, no pueden contar con un método aséptico y decoroso para despedirse de sus seres queridos y de su entorno?
Es posible que en un futuro inmediato esta polémica proposición no salga adelante. Pero lo admirable es que los habitantes de este pequeño país con una elevada calidad de vida sean capaces de abordar con madurez un asunto inevitable: cada vez vivimos más años y en las naciones desarrolladas, donde las familias numerosas están en extinción, la población envejece aceleradamente. Los avances de la medicina han prolongado la vida. Ahora nos encontramos en la encrucijada de buscar salidas dignas para quienes deseen interrumpir una trayectoria vital que se les dilató demasiado. Una vez más, Holanda lleva ventaja.