El mayor motivo de orgullo patrio de cualquier villano, bien podría ser el mes de noviembre entero. Los acontecimientos de 1821, y en los cuales La Villa de Los Santos fue fundamental, representan una inmensa alegría para los panameños de este pueblo.
Eustaquio Jiménez, escritor, es uno de ellos. Su casa queda en una de las calles principales del pueblo. Es fácil suponer la importancia de esta avenida, pues es una de las que atraviesa el parque.
En el portal de Jiménez hay muebles de hierro pintados de blanco. Detrás de ellos un pasillo largo que cruza la casa y en el que una mujer enjuaga la loza. Al final se abre un patio que sirve de tendedero y como pequeño huerto.
Allí se sienta Eustaquio, que primero muestra un libro que recién publicó y que contiene cuentos y versos sobre su vida; por ende, sobre noviembre, sobre La Villa de Los Santos.
“El 10 de noviembre es algo grandioso para toda la República. Marcó el comienzo de nuestra independencia”, dice Jiménez.

Los recuerdos más preciados de la niñez de Jiménez también giran en torno al noviembre santeño. “Estando muy pequeño, las celebraciones eran locales. Recibíamos delegaciones, pero la más lejana era de Macaracas, que tenía su escuelita primaria y venían para acá. También venían de Chitré. Eramos unos cuantos”, dice sentado en un taburete en su patio, entre las ropas que se secan y cosas: sillas, vasijas, potes.
En esos tiempos el pueblo era otro, asegura. Las calles, por ejemplo, eran de polvo, tal y como las recorrieron quienes dieron el grito de independencia del 10 de noviembre de 1821. “Lo que más me llamaba la atención era cuando marcaban el paso. Uno, dos, uno, dos, y la gente marchaba y se levantaba un polverío que el desfile dejaba de verse. El 10 de noviembre siempre lo hemos celebrado con grandiosidad”, asegura con rostro orgulloso.
“Hoy en día las delegaciones se rechazan, no pueden venir porque hay demasiadas”, añade el escritor.
Un pueblo también se fortalece a través de sus leyendas. Rómulo y Remo, por ejemplo, son símbolo de valentía y supervivencia para los romanos. En su propio contexto, La Villa de Los Santos también deja espacio para estas narrativas. Mucho más reales que una loba que amamanta a dos humanos, pero leyendas al fin. “Rufina Alfaro existió. No hay un documento o algo escrito, pero ella existió. En Las Peñas, de donde se dice que era Rufina, hay todavía familia Alfaro. Lo más grande y completo de La Villa es Rufina”, sentencia Jiménez, con un rostro de orgullo mucho mayor que cuando habló de los desfiles. Para conocer más de este personaje, acceda a www.prensa.com-historias-de-mi-pueblo

