Por increíble que parezca, los ciudadanos panameños hemos elegido voluntariamente dejar de ser ciudadanos y convertirnos en vasallos. Hemos renunciado a exigir cuentas a esos que gobiernan, que no son otra cosa que servidores nuestros. Aceptamos sus excusas, sus mentiras y hasta su burla. ¿Qué derecho tienen de ocultarnos información sobre el dinero de nuestros impuestos? Pues el derecho que le otorga nuestro silencio. ¿Qué derecho tienen de robarnos? Pues nuestra complicidad.
Hace menos de 20 años, éramos un pueblo valiente, que exigía en las calles libertad para reunirnos, para expresarnos, para pensar. Todo eso lo conseguimos, pero ahora la valentía es la de los “usuarios anónimos” en redes sociales; las reuniones son en grupos de Whatsapp, y nos expresamos libremente... en Twitter. Y si nos reunimos personalmente, hablamos por chat. La libertad de pensamiento se la dejamos a los influencers, que en muchos casos se preocupan más por encontrar seguidores que pensar en lo que escriben. Mientras los sinvergüenzas se ven las caras todos los días para planear cómo robarnos, hay gente “ocupada” haciendo memes para hacernos reír de cuán congo somos. Y lo penoso es que nos reímos y compartimos la (des) gracia.
Somos un pueblo gangrenado. Y si alguien lo nota, nos ofendemos. Un venezolano nos dice que somos incultos y maleducados… ¿y cómo respondemos?: “Ustedes [los venezolanos] son 1s limpios, que yegaron a nuestro pais ullendo de su gobierno corrubto”. ¡Cultura y educación de primer mundo! Así que exigimos su cabeza por Twitter y Facebook, porque tenemos la conciencia más sensible del mundo... y la más virtual también.
De la misma manera que los políticos caen arrodillados a los pies de la reina que gobierna nuestra nación (su majestad la corrupción), nosotros nos convertimos en su voto útil y su eco tonto. Un maleante grita: persecución política, y un coro virtual, genuinamente convencido, exige justicia, o advierte del castigo divino por perseguir al abnegado discípulo de la madre Teresa, sin siquiera reparar en lo que esos políticos eran ayer y en lo que hoy son: unos “bombastics”, vestidos de arriba abajo de Gucci o con un Gucci que lo pasean guardaespaldas armados.
Un día se acabará el cable que los políticos nos dan de comer, y entonces desearemos haber sido ciudadanos en vez de siervos. Y es que, individualmente, creemos ser unos vivos, pero colectivamente somos una perfecta manada de idiotas. Y eso los saben los políticos, que hasta nos alquilan buses que la mañana del primer domingo de mayo, cada cinco años, nos conducen a un profundo abismo que llamamos urnas, a donde gustosamente nos lanzamos convencidos de que ellos son nuestra única salvación.
