Esta semana se suscitó –en Twitter– una pelea callejera, de esas que acostumbran a hacer los de Cambio Democrático, pero esta vez, milagrosamente, los insultados no fuimos los que nos resistimos a adorar al mesías de Miami. Por el contrario, fue entre su vocero y uno de sus abogados. Las peleas callejeras tienen la desventaja de que no son encuentros técnicos, pero tienen la virtud de ser entretenidas. Y esta, aunque corta, no fue la excepción.
El vocero anunció su conferencia de prensa en la ciudad que acogió a su mesías. Llevó su cinturón de campeón: la inmaculada foto de su santidad, con la banda presidencial y la mejor de sus sonrisas. El abogado respondió de inmediato: ese evento del vocero carece de importancia. Como quien dice, el campeón soy yo. El vocero lanza entonces su primer golpe: lamentablemente, parte de su trabajo es desmentir las cosas falsas que se digan usando el santo nombre de su mesías. Un segundo golpe va a la mandíbula del abogado: ¿haz escuchado que el mesías me haya desmentido alguna vez? “Eso te dice algo”.
El mentón del abogado se estremece violentamente por el uppercut. Da dos pasos atrás, agita la cabeza y le responde al vocero con un derechazo al hígado: “Te mandaron a callar con una nota escrita de puño y letra (del mesías, obviamente, pues en el paraíso donde pernocta no tiene computadora), entregada a Nathalie”.
El vocero cae a la lona; le hacen el conteo hasta ocho. Se levanta y empieza a saltar sobre la punta de los pies. Aún tratando de enfocar, lanza un golpe prohibido a la parte baja del cinturón del abogado: “Dale, que el caballo te escuchará”. El árbitro detiene el combate. El vocero es enviado a su esquina y el abogado se queja del golpe bajo con sus manos en las partes nobles. El árbitro regresa a la esquina del vocero y le advierte que uno más así, y lo descalifica.
Los contendientes vuelven al centro del entarimado. Chocan guantes y de inmediato el abogado penetra la defensa del vocero, y conecta una seguidilla a su estómago: “Por bochinchoso y filtrador de información a un periodista te mandaron a callar”. El vocero cae, pero esta vez, desde la lona, lanza un upper que da exactamente donde apuntó: nuevamente debajo del cinturón del abogado: “¿Le hablas al caballo o a mí?”. El árbitro detiene el encuentro, descalifica al vocero, y proclama vencedor al abogado, quien estuvo un rato en la lona en posición fetal, gritando: ¡Cucaracho, me las vas a pagar!
El vocero dio su conferencia de prensa, pero resultó como dijo el abogado. Nada de importancia, salvo que el mesías tiene un alter ego, que un día dice que quiere venir a Panamá y al otro que no, que se queda en el paraíso donde está. ¡Pero eso ya lo sabíamos!
