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OPINIÓN

Sábado picante

He notado que cuando una cuadrilla de obreros está trabajando en la calle, seis de ellos miran y conversan y uno o dos se sacan la mugre por todo el grupo. He pensado que los que están trabajando somos los congos, los que pagamos impuestos, los que cumplimos la ley, los que tratamos de hacer las cosas bien. El resto son los juegavivos, los políticos, los de la vida fácil.

Esas cuadrillas son reflejo de nuestra sociedad. Entre los que miran a los demás trabajar, está el que exige ganar más porque es poco lo que le pagan; está el que protesta porque le exigen más trabajo; está el que se roba las horas de trabajo porque necesita más descanso; y está el que se burla de los que trabajan, porque –qué va– ese trabajo no es lo de él. Lo de él es una oficina, secre, carro y plata.

Ese último tiene sangre de político. Y un día se da cuenta de ello. Se arrima a un partido político y asciende haciéndole los mandados a alguien con poder. Al cabo de algunos años y de haber aprendido los trucos de su jefe, se echa al ruedo aplicando los mismos trucos de su mentor. Gana con el voto de todos los que engañó y de quienes, como él, se le arrimaron para dejar de trabajar. Y en un abrir y cerrar de ojos, aquel vago que se reía de los demás, hace realidad sus sueños: carro, secre, chofer y plata fácil.

Pero ya no está en las pequeñas ligas… ahora es un grandes ligas. No bastará con lo que ha obtenido, y así, comienza el robo al Estado. No habrá justificación para ello, pero entonces dirá que le quieren hacer daño político o que hay intereses oligarcas que atentan contra su forma de vida o que se ensañan con el hijo de la cocinera.

Hace poco escuchaba a un humilde trabajador de la Contraloría que llegó a ser diputado. Está en las grandes ligas. Defendió fogosamente a Panamá de los oscuros intereses del GAFI; que Panamá es soberana y digna. Los aplausos le llovieron. Esos que le aplaudían –entre ellos, ávidos lectores de diarios extranjeros– no parecen leer la prensa nacional. De haberlo hecho, quizás no lo aplauden, pues es difícil vitorear a alguien tan preocupado por la dignidad y la soberanía nacional, pero que no puede explicar cómo es que le quedó pagando supuestas consultorías a una mucama.

¿Preocupado por el interés nacional? No, no lo creo. Él, y muchos más como él, han dado claras evidencias de que el único interés que tienen es sobre sí mismos. Pero nunca falta un tonto dispuesto a creerle... o aplaudirle. Aunque más bien creo que lo hacen por pura conveniencia: “el enemigo de mi enemigo es mi amigo”. Ese diputado, al igual que la mayoría de los panameños, salimos de una cuna modesta y pobre. Su mérito es que él triunfó en un mundo en el que para ser exitoso, a él le sobra lo que a muchos de nosotros nos falta: tragarnos un elefante sin siquiera eructarlo.


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