Mañana, cuando el sol se oculte, el panorama de nuestro país habrá cambiado. No sé si para bien o para mal. Eso lo decidiremos colectivamente horas antes, frente a la papeleta de votación. Cada quien es libre de elegir al candidato que sea en atención de sus razones. Algunos lo harán por asuntos personales, otros pensando en el país, es decir, poniendo lo personal a un lado. Eso quedará en la conciencia de cada votante. Pero no es de eso de lo que quiero hablar.
El 1 de julio tomará posesión un nuevo gobierno. Para lograr eso, los candidatos en la batalla electoral, en su afán de ganar votos, nos prometieron el paraíso. Si el país que nos han dibujado se hace realidad, habrá que reelegirlos, pues, al cabo de cinco años, este será un país nuevo, perfecto, sin problemas. Ese entusiasmo por solucionar, primero, nuestros problemas, y luego los del país, nos llevará a votar convencidos de que tendremos –por fin– el gobierno y país que todos nos merecemos.
Entonces, no habrá reclamos ni querellas ni reproches. Los diputados harán leyes que nos beneficiarán a todos; la seguridad será uno de nuestros pilares sociales, porque eso no será más un problema; la corrupción, ese cáncer que nos carcome, terminará con el nuevo gobierno, porque todos los candidatos se han comprometido a combatirlo sin tregua. Finalmente, seremos una nación del primer mundo en materia de educación, y la justicia, ese gran problema que tenemos actualmente con los magistrados y el Órgano Judicial, será historia. El nuevo gobierno acabará con eso.
Los agricultores serán más felices que nunca. En cinco años se acabarán las importaciones que tanto los perjudican; la desigualdad entre los que más tienen y los menos favorecidos irá desapareciendo. El próximo quinquenio terminará con tan pocos pobres que ya no será necesario construir nuevas líneas del Metro, porque muchos de sus usuarios podrán comprarse un carro, quizás de segunda, pero verán concretarse su sueño de tener el carro propio.
Además, habrá trabajo para todos. Será tal la bonanza económica que no tendremos que preocuparnos de crisis ni inflación ni decrecimiento. Nada de eso, seremos un modelo.
Sí, nos han prometido el paraíso terrenal. Pero ahora quiero preguntales: ¿realmente creen que todo eso será posible sin la intervención de los ciudadanos? Yo pienso que no. Lo siento, pero he visto muchos candidatos prometerlo y aún sigo viviendo en el mismo país que vivía antes de que ellos prometieran lo mismo. Lo que quiero decir es que el voto no es suficiente para hacer cambiar el país. Hace falta nuestra participación. Dejarle esa responsabilidad a los políticos es, precisamente, lo que nos tiene como estamos: hartos.
