La política tiene sus momentos divertidos, pero, en general, es aburrida: la misma gente, los mismos discursos, las mismas trampas. En suma, la misma cosa. Pero es impresionante que, sucediendo las mismas cosas con la misma gente, haya electores que elijan a los mismos de siempre. He pensado que es culpa de nosotros, los periodistas. Escribimos todos los días de ellos y esto los coloca en el top of mind de los electores, para bien... y para mal.
Las redes sociales también han tenido un éxito impresionante, pues si bien nosotros los periodistas cargamos con la culpa de hacer constantemente noticias de ellos, ahora ellos escriben de sí mismos en sus redes. Y el éxito consiste en que un periodista se gasta meses investigándolos y 1,800 palabras para describir sus vagabunderías, mientras que ellos emplean 10 minutos y 20 palabras –probablemente el 10 % de su vocabulario- para decir que todo es mentira. Y les creen.
La política en Panamá no se piensa, se siente. Es decir, hay gente que puede leer toda una investigación, con pruebas, testimonios, incluso con confesiones de las partes, y aún así dicen: “yo siento que este periodista la tiene contra el diputado” o contra el presidente o el ministro. Basta con que el afectado diga “persecución política” para que sus seguidores quieran asesinar al mensajero. Así, los periodistas pasamos a ser unos cretinos que escribimos mentiras con el solo propósito de perjudicar a esos inocentes ciudadanos que solo quieren servir a la patria.
Es por ello que los periodistas debiéramos hacer algo nuevo. Por ejemplo, escribir de panameños con logros, de personas ejemplares, de gente con méritos, del esfuerzo que hacen para llegar donde están. De aquel que salió de una casa en la que a duras penas comían y hoy es un gran profesional; del estudiante que alcanzó sus sueños de graduarse con honores en universidades de prestigio. Historias que avergüencen a los que quieren todo regalado, de a dedo, sin merecerlo.
Y hay mucho de qué escribir. Me habría gustado narrar, por ejemplo, la historia de los indígenas panameños que entrenaron a los astronautas Neil Armstrong y John Glenn para sobrevivir en la selva, o de esos héroes anónimos que defienden la selva de Darién, o de las composiciones clásicas de ese gran panameño Roque Cordero, o de la mujer colonense que inventó la máquina pataconera, o de nuestros médicos investigadores.
Si hubiese una escala para medir el éxito, la unidad de medición sería el mérito. Y con esa escala, encontraríamos méritos hasta en una persona iletrada. Y si los panameños viéramos o leyéramos sobre personas ejemplares, quizás nos animaríamos a dejar de ser zánganos y convertirnos en mejores seres humanos.
