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Sábado picante

Cuando Ricardo Martinelli reformó el Consejo de Seguridad Nacional (CSN), lo hizo pensando en controlar información. Esa que hizo que Manuel Antonio Noriega se convirtiera en el “hombre fuerte” de Panamá. De la misma manera, Martinelli tenía una infinita obsesión con el espionaje. Tanto así, que en julio de 2009, tras solo días de haberse investido presidente, pidió a la Embajada de Estados Unidos ayuda con ese propósito.

El 22 de agosto de ese año, la embajadora estadounidense Barbara Stephenson –en uno de los cables revelados por WikiLeaks– escribió con estupor la pretensión de Martinelli de usar la infraestructura de la DEA para espiar a sus rivales políticos. La diplomática recabó más información del entonces ministro de la Presidencia, Jimmy Papadimitriu, quien también pidió algo semejante: que ayudaran a establecer un sistema de escuchas para protegerse de individuos amenazados por la lucha gubernamental contra la corrupción.

Obviamente, Stephenson se negó, pero Martinelli no se quedó de brazos cruzados. Meses después, en marzo de 2010, reinventó el CSN, con solo dos miembros: el presidente de la República –que lo presidiría– y el ministro de la Presidencia, y a la sazón, su mano derecha, Jimmy Papadimitriu. También podían asistir a sus reuniones invitados de Martinelli y el secretario ejecutivo, que recibiría “directrices e instrucciones” del Consejo.

Cuatro meses después, con fondos del PAN, se compró el primer equipo de espionaje, por $13.5 millones, lo que marcó una escalada de compras clandestinas de equipos cada vez más sofisticados y de mayor capacidad. Y solo dos personas controlarían todo.

Según el decreto de Martinelli, el CSN se creó “para articular la política y estrategia de seguridad y defensa del Estado”. Pero los espiados estaban lejos de ser semejantes amenazas. El testigo en el juicio de los pinchazos que esta semana reveló su identidad, también reveló que era un pinchador. Sus reportes los entregaba a su jefe, y luego a Martinelli. Escuchaban a Zulay Rodríguez, al hoy presidente electo Laurentino Cortizo, a Juan Carlos Varela y a su hermano, a los hoy excandidatos presidenciales José Blandón y Rómulo Roux; ministros de su Gabinete y magistrados del Tribunal Electoral. Incluso, a funcionarios de la embajada de Estados Unidos. La lista es larga, pero todos tenían algo en común: pública o privadamente, eran enemigos y/o críticos de Martinelli.

Hoy, lo que se decide en el juicio de los pinchazos no es si eran escuchas ilegales, que evidentemente lo son al carecer de una orden judicial. Lo que se decide es quién ordenó esas escuchas.

Si nada, si se balancea al andar y hace cua cua, quizás quieran hacernos creer que es un cisne, pero para mí el espía es el pato.


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