Materialmente hablando, lo que queda de 20 años de presencia de Winston Robles en la redacción del diario La Prensa es la fotografía que preside el salón de reporteros, en la que aparece detrás de un escritorio anegado de papeles; y las nueve carpetas que Adela Mendoza conserva en su escritorio, en donde están recogidos, a la espera de que alguien decida publicarlos, cientos de editoriales punzantes como flechas, escritos por el Dr. Robles en tiempos en que la integridad y el coraje no solían quedar impunes.
“En cada uno de ellos”, señala Bobby Eisenmann, “adoptó posiciones claras y contundentes sobre la verdad y la justicia. El ´Hoy por hoy´ siempre será el monumento vivo y diario a Winston; él lo convirtió en el editorial más leído y respetado de la historia del periodismo panameño”. “Él fue”, añade Guillermo Sánchez Borbón, “el que le dio la forma definitiva, elevándolo a la altura de un nuevo género literario”. “Como hombre inteligente y culto”, concluye Fernando Berguido, “fue maestro en el uso de la palabra directa, de la frase concisa y de la idea elegantemente construida. Su pluma aterraba por igual a los fusiles que amenazaban la libertad como a los malandrines que se aprovechaban del poder”.
Detrás de esas columnas, que fueron faro para la opinión pública, había un hombre con conocimientos sólidos de derecho, filosofía e historia, ajeno a discursos y despojado de pretensiones, practicante de una caballerosidad que hacía sentir bien a quienes éramos objeto de ella. Su apariencia frágil, acentuada por una palidez que parecía importada de esa Bogotá donde se licenció y luego obtuvo el doctorado en derecho penal y ciencias penitenciarias, escondía un carácter férreo y una inteligencia luminosa que se pondrían al servicio de la lucha por la recuperación de la democracia en Panamá.
Winston Robles llegó al periodismo gracias a los militares que, en 1976, luego de 10 años de haber iniciado su quehacer como abogado de la firma Robles & Robles, lo forzaron a abandonar el país, circunstancia que lo hermanó con otros exiliados, incluido Bobby Eisenmann. Ese vínculo, sumado a la insatisfacción que sentía con respecto a su propia práctica profesional, lo enfilaron hacia una nueva trinchera profesional. Participó en el despegue de La Prensa, en agosto de 1980; luego, en julio de 1982, asumió su dirección.
“... creo que fue el derecho lo que me llevó al periodismo”, le dijo en una entrevista a Lineth Del Cid. “El derecho que yo practicaba y enseñaba estaba en contradicción constante. En la universidad enseñaba el derecho existente, pero, siendo abogado, tenía casos que eran fallados en contra del derecho existente, porque el capricho de un sargento valía más que todas las leyes de la República”.
El Dr. Robles tenía 42 años cuando tomó posesión de la Redacción. En los años que siguieron, enfrentó calumnias verbales, agresiones policíacas, incomprensión de los lectores y hasta de los accionistas. A través del temporal, mantuvo intacto el espíritu de una Redacción amenazada; no se rindió ni cuando la empresa fue azotada físicamente, pero las presiones del puesto, las circunstancias políticas lo fueron desgastando física y emocionalmente. Empujado por su natural introspección, se atrincheró en el trabajo, se concentró en la noticia de mañana, perdió la noción del tiempo y dejó ir el presente. Veinte años después, el futuro lo encontró cansado. En ese momento, la nave que ayudó a construir siguió sin él.
Tras cada tempestad, la había llevado a puerto, contribuyendo a reconstruirla, figurativa y literalmente, porque, aun siendo hombre de letras, manejaba el mundo de las máquinas. “Resolvía problemas situados fuera del alcance de todos nosotros”, asegura Sánchez Borbón. “Nadie más sabía tanto de cibernética y de mecánica como él”. También lo dijo Eisenmann: “Winston arregla las computadoras, repara la rotativa y está siempre al día con lo último en tecnología, con lo cual su consejo mantiene a La Prensa en la frontera tecnológica”. En los pasillos de La Prensa, le contó el propio Robles a Del Cid, “no había ingenieros y, cuando había que reparar algo lo hacíamos (Cándido) Montero y yo. Era el tiempo de las vacas flacas y, vistos en retrospectiva, los mejores años de La Prensa”.
Hizo esa reflexión abrumado por ese periodismo ejercido en democracia cuyos sinsabores lo tomaron por sorpresa. “Antes, el enemigo era claro, la dictadura, la violación a los derechos humanos. Ahora, aun cuando esos mismos temas siguen preocupándonos, los adversarios y los enemigos se encubren, usan distintos ropajes de acuerdo a las circunstancias; es más difícil ubicarlos”.
Hablar de su integridad está de sobra. Era, dice Eisenmann, “derechito como un roble”. “Lo podías sacudir hasta la muerte”, agrega Yauda Kuzniecky, “sin doblegarlo”.
A Fernando Berguido le enseñó, desde muy temprano, que “el derecho constitucional existe para limitar el poder”. Fue con ese entendimiento y esa herramienta que dio las batallas que dio, desde este periódico que recorría a paso lento, con la mirada hacia adentro y la guayabera colgando de unos hombros que, desde temprano, empezaron a mostrar el peso de la vida.
El Dr. Robles era manso, como los volcanes, hasta que estallaba. Bajo su mandato, la redacción se sumía, al atardecer, en unos silencios que solo las teclas se atrevían a irrespetar. No conocía ni practicaba técnicas gerenciales modernas, pero iba revestido de la autoridad que dan la integridad, la erudición y la cortesía. De sus fallas y debilidades, que las tuvo, no hubo más víctima que él mismo. Fumador empedernido a pesar de los perturbadores accesos de tos, tomador de whisky y desconocedor del descanso rutinario, le apostó, sobre todo al trabajo, que más que trabajo, era una cruzada.
De su paso por La Prensa solo quedan esa foto y esas resmas de papel, pero, en la memoria de los “viejos” y en el imaginario de los “nuevos”, la imagen de ese hombre culto, valiente y encantador contribuye cada día a forjar la mística que nos distingue como empresa, mística que llevó a Bobby Eisenmann a decir que “La Prensa no es un trabajo, sino una vocación”.