Luciendo con orgullo sus sombreros de junco o pintao, en cada esquina del poblado de Ocú, provincia de Herrera, los campesinos se reúnen, sin agenda previa, con sol o con lluvia, para intercambiar impresiones.
El lugar no importa. Es el tiempo de la buena plática, de la conversa, la que solo es interrumpida por las pausas que hace el interlocutor para apelar a su memoria y traer esos recuerdos que el tiempo amenaza con llevarse.
Era un viernes cuando Eladio Sánchez encontró a Ismael González en un comercio cercano y enseguida afloraron los recuerdos.
En sus rostros y en sus miradas se adivinan las mañanas de duro esfuerzo en el campo, donde día tras día plantan sus esperanzas.
Ese es el manito ocueño, el hombre afable, dicharachero, que no se niega a entablar una conversación con el extraño, a quien gustoso le habla de las bellezas de esta comunidad enclavada en la provincia de Herrera.
Cuando la conversa se extiende, no puede faltar una referencia a san Sebastián, su santo patrono, fiesta que celebran el 20 de enero, y cuya iglesia, ubicada en el centro del pueblo, sirve de mudo testigo de los sueños que cada mañana tejen los manitos.
Tampoco pueden faltar los detalles del duelo del tamarindo cuando, según la tradición, dos lugareños se enfrentaban, sable o machete en mano, bajo la sombra de un frondoso tamarindo para deslindar sus diferencias.
Pero, antes del combate, uno de ellos se paseaba arrastrando una manta que, cuando era pisada por su enemigo, daba el inicio del enfrentamiento.
“De allí viene el dicho ese que dice que ‘andas con la manta arrastrando’. Eso nació aquí, en Ocú”, afirma con firmeza Benjamín Ureña.
Cuando la conversa finaliza, el ocueño amable extiende su mano, preludio de un cálido apretón, y enseguida dice: “Que le vaya bien, amigo. Vuelva pronto. Deme la manito”.



