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‘La democracia está en transición’: Humberto de la Calle

‘La democracia está en transición’: Humberto de la Calle
Humberto de la Calle plantea que hoy día los Estados tienen una estructura institucional del siglo XVIII.Raúl Valdés

La instalación de la Comisión Nacional de Reformas Electorales (CNRE) tuvo como orador al colombiano Humberto de la Calle. Liberal y convencido de la validez de las expresiones democráticas contemporáneas, De la Calle se sumerge en el panorama electoral panameño, en una entrevista que presenta una revelación: son tan poderosas las minorías como las mayorías.

Aquí las valoraciones de un abogado y escritor que representó al gobierno de César Gaviria en la Constituyente de 1991; que fue jefe del equipo negociador del presidente Juan Manuel Santos en su Proceso de Paz, y que aspiró a la Presidencia en 2018.

Panamá terminó de padecer un régimen militar en 1989. Hubo muertos y una invasión. ¿Cuál es su balance del sistema democrático panameño actual?

El punto de arranque es el que usted ha descrito, que fue muy duro para toda Latinoamérica. Pero tengo la convicción de que Panamá ha ido construyendo su democracia y también en particular su sistema electoral. Como se sabe, he venido a instalar la CNRE que, cada cinco años, obligatoriamente, hace un proceso de revisión de lo ocurrido no solo con la legislación, sino también con la práctica. Eso me parece realmente admirable. Es un acto de madurez y de alguna manera una forma de humildad: entender uno qué tiene que estar actualizando y revisando. Es, además, una comisión incluyente, la instala el Tribunal Electoral, este recibe los insumos de la Comisión y luego la Asamblea Nacional toma las decisiones. Ese solo hecho muestra una visión inédita en Latinoamérica.

En segundo lugar, en el marco institucional de Panamá el Tribunal Electoral juega un papel muy importante. Todos los que hemos pasado por estas tareas electorales, como me ocurrió a mí, sabemos que hay críticas e insuficiencias y dificultades. Pero mi percepción es que Panamá ha marcado hitos en la dirección correcta. La reforma de 2017 tiene elementos que se reclamaban desde hacía años: el tope de las donaciones y en el gasto de campañas o la obligación de rendir cuentas.

¿Se sostienen los pilares de las democracias o se han transformado?

Sin referirme específicamente a Panamá, sí veo problemas en las democracias representativas en Latinoamérica. Se ha venido generando una insatisfacción permanente, sobre todo en los jóvenes. Me parece que las ideas sobre el cambio climático no solo son un temor a la desaparición de la especie humana, sino además una nueva forma de ver la vida. Estos jóvenes están pensando que no vale la pena estar toda la vida compitiendo para consumir y consumir.

Además, hay un entorno que no coincide con la estructura institucional. Estamos trabajando con las ideas del siglo XVIII de que todos los ciudadanos son libres y que votan y que unos señores los representan en el Congreso, y eso está reventado. Ahora el escenario político es multifacético, y no hay esos partidos que ordenaban toda la línea de pensamiento de los ciudadanos. La política está en manos de las oenegés y de los movimientos sociales, y se libra en las calles y en muy distintos sitios. Este no es un fenómeno latinoamericano. La clásica democracia representativa no ha podido adaptarse aún. Estamos en un momento de transición para encontrar formas más incluyentes de política. No podemos cerrarle el paso al cambio.

En 2019 en Panamá, los independientes obtuvieron más votos que nunca. ¿Cómo pueden balancearse las cargas respecto de los partidos que no tienen la fuerza de antes, con otras expresiones como las de los independientes?

Está la línea de quienes piensan que la estructura de los partidos es esencial en la democracia y que debe preservarse su institucionalidad. Pero esta visión no debe ahogar las opciones de cambio. Y eso que usted dice es cierto y pasa en muchos países: [según] como la legislación lo permita, los candidatos independientes obtienen triunfos frente a la política tradicional. En Colombia, por ejemplo, el voto en blanco es reconocido, y si este gana, se repiten las elecciones. Esa es una expresión democrática novedosa. Para resumir: es importante preservar los partidos, que son como una especie de muebles viejos, pero los muebles viejos sirven para sentarse. Sin embargo, hay una transición, y no podemos mantener los muebles viejos ahogando las opciones más libres en materia de la acción política.

Usted es un político de la vieja guardia. ¿Cómo le fue con las redes sociales siendo candidato a la Presidencia?

Pues yo soy un político de la vieja guardia, lo cual debe de ser cierto si usted lo dice, pero fui derrotado por la vieja guardia. Eso me exonera de dar explicaciones en ese sentido. Empecé un proceso de utilización de las redes en el momento de la candidatura, pero ahí se presentaron situaciones realmente muy difíciles que produjeron, y no lo puedo ocultar, una enorme derrota, particularmente en mi partido, el Partido Liberal, pues al final, no de manera pública y social sino privadamente, tomó otros caminos. Esos son incidentes que en la vida no son tan importantes. No soy un político tradicional que convierta la política en una profesión. Tengo otros mundos y otras actividades en mi vida: he estado en la universidad, he estado en el ejercicio profesional, y no pertenezco a esa raza de políticos que si no tienen éxito piensan que su vida fue desperdiciada.

Está superado el tema de la derrota pasada. Pero sí quiero insistir en que en las últimas elecciones en Colombia, las elecciones locales, hubo ya una respiración diferente: no en todas partes pero sí en las ciudades más importantes ganaron candidatos nuevos por movimientos nuevos y a base de firmas. Cunde en Colombia la idea de que está surgiendo un clima político nuevo y más refrescante.

¿Cómo afrontar las redes sociales, porque intereses extranjeros penetran las campañas políticas?

Usted ha tocado un punto muy sensible: cuando entraron las redes, lo primero que se pensó es que era un paso hacia más democracia. Lo que se dijo en ese momento fue: ya no estamos en manos de los medios, que son intermediarios de opinión y formadores de opinión pública. Ahora cada quien tiene su propia voz: usted va al Twitter y pone su tuit libremente. En apariencia, en un principio eso parecía extraordinariamente democrático. Sin embargo, empieza también una patología; esto nos vino con las ventajas que estoy describiendo, pero también con sus defectos. Las redes empezaron a plagarse de enfermedades: el fanatismo, el odio, la imposibilidad de reflexionar en 140 caracteres. Luego las cuentas falsas, los llamados bots, las bodegas de producción de mensajes que no obedecen realmente a un número tan grande como aparece, sino que realmente son manipulaciones tecnológicas. Las redes tienen dos caras, y luego se incorporan a la política, en algunos casos exitosísimos como la campaña triunfante del presidente Obama. Pero también varios países de Latinoamérica contribuyen al fanatismo. Se está perdiendo la capacidad de reflexión, para ir más bien al odio. Las redes van a las emociones y ahí se están generando unos caudillismos de derecha o de izquierda que son muy nocivos, porque terminan afectando la visión de la democracia liberal, que se basa en el pluralismo y en el respeto de las ideas ajenas.

¿Hasta dónde debe llegar la representatividad de las minorías considerando que esto puede llevar a una atomización de los anhelos del electorado?

Ese es un punto fantástico, porque la vieja concepción de democracia era el gobierno de las mayorías. Y eso ha evolucionado de manera importante en todo el mundo. Democracia hoy no es solo el gobierno de mayorías, que lo es, sino también el gobierno que en función del pluralismo respeta y garantiza los derechos de las minorías. La concepción de democracia ha cambiado en el sentido de que la mayoría pueda desbaratar todo el entramado de los derechos fundamentales. Hay un elemento de la democracia que es la protección de las minorías y del pluralismo y de la inclusión. Me parece que no nos podemos dejar desbordar por estas oleadas populistas, sean de izquierda o de derecha, que lo que están generando en todo el mundo -no solo es un problema latinoamericano- son opciones muy nocivas, las del caudillo, el que manda, el cero reflexión, y que anulan la separación de poderes.

Quiero ser más claro: hay que modular la decisión mayoritaria, que es la que dicta la noción clásica de democracia, para conducir la gobernanza de un país sin perjuicio de los derechos minoritarios, que no pueden ser derogados por el simple hecho de que los otros son mayoría. Hay una serie de elementos en la vida contemporánea que tienen que ver con la protección de los derechos. Solo por decir unos: las garantías de igualdad de género y de protección de los derechos de la mujer no pueden ser derogadas con el argumento de que hay visiones mayoritarias en contra. Hay un núcleo de derechos que se sitúan en el corazón de la democracia.

Aquí la Asamblea discutía una reforma constitucional, pero la gente protestó en la calle. ¿Cómo puede el país integrar esas dos posiciones?

Quisiera mostrar una ruta de optimismo si me baso en este ejercicio electoral de cada cinco años en el que una CNRE incluyente, cámaras de comercio, empresarios, representantes de los sindicatos, sociedad civil, concurren en la búsqueda de un acuerdo. Pensaría que un ejercicio constitucional no debe convertir la Constitución en una carta de batalla. La Constitución no debe ser un instrumento para afianzar al que triunfó y destruir al enemigo, sino un documento de concurrencia con unos mecanismos muy delicados, dijéramos que no de consenso universal, porque eso es difícil de conseguir, pero tampoco solo con el argumento de la mayoría bruta: como yo gané, tomo mis decisiones sin tener en cuenta a los demás. El marco constitucional debe ser lo suficientemente amplio. Pondré un solo ejemplo: sobre el modelo económico las constituciones no deben caer en la tentación de resolver todos los temas afines a la economía. Deben mantener, por ejemplo, la idea de la economía de mercado, el respeto a los derechos a la propiedad privada, al ejercicio de la competencia. Pero a los matices, al grado de intervención del Estado, hay que dejarles alguna puerta abierta para que los gobiernos puedan moverse en función de ciertas realidades políticas. Un elemento básico en materia económica es la solidaridad. Cuando usted plantea la solidaridad en la Constitución, ahí tiene mil maneras de intervención del Estado: las pensiones, el salario mínimo, el sistema de salud… en una forma que no pretenda amarrar la actividad económica, porque realmente eso fracasa de manera rápida.

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