ANÁLISIS

Las democracias afrontan un futuro incierto

Las democracias afrontan un futuro incierto
Ayer, un artista trabajaba en un mural dedicado a los trabajadores de la salud, en Manchester. Unas 28 millones de personas en Inglaterra están bajo las restricciones impuestas desde el pasado sábado, para frenar los casos de la Covid-19. AFP/Oli Sca

Según un reloj en la Union Square, en la ciudad de Nueva York, nos queda algo así como 7 años y unos 70 días antes de que la contaminación humana cause que el cambio climático y sus peores efectos sean irreversibles. Este es apenas uno de los grandes desafíos que enfrentan las naciones del mundo, y que en particular se dibujan como una posible fuente de disturbios y protestas populares contra la acción del Estado.

Si algo ha demostrado la pandemia, es la molestia ciudadana contra medidas restrictivas de su movilidad y de su vida social, y de la actividad económica. Desde Argentina hasta Estados Unidos, al igual que de Italia a la India, pasando por Israel y Sudáfrica, entre muchos ejemplos, los ciudadanos se han manifestado públicamente en rechazo de las cuarentenas, confinamientos y las medidas de suspensión de las libertades.

El viejo Estado de derecho fundamentado en democracias imperfectas, se ha visto a gatas enfrentando una pandemia para la cual nadie estaba preparado. Las desorganizadas respuestas estatales empezaron por lo más sencillo: separar y aislar a la población. Esto no solo sumió a la economía en crisis, sino que también ha producido graves consecuencias emocionales, psicológicas y sociales.

De acuerdo con Bill Gates, los grandes avances en materia de salud, educación y otros derechos sociales ocurridos en los últimos 20 años, en los países subdesarrollados, están desapareciendo. En otras palabras, se borró el siglo XXI en materia de desarrollo humano. Las graves consecuencias en cuanto a la nutrición infantil, la deserción escolar de niños y jóvenes, el debilitamiento de las redes de protección social de los más vulnerables, y la erosión del terreno ganado en materia de equidad de género, son todos fenómenos que ya se evidencian por doquier.

El hambre y el fracaso escolar acompañan al desempleo. Por su parte, el aumento de la delincuencia, la prostitución clandestina y el microtráfico de drogas están saturando a más comunidades en los países latinoamericanos y africanos. Los débiles Estados no cuentan ni con los recursos, ni con el talento humano para atender de forma plausible estos nuevos desafíos.

A la vez que se han caído los ingresos fiscales de los gobiernos del mundo y se han desvanecido decenas de millones de empleos, ha aumentado la desigualdad. En Estados Unidos, por ejemplo, los 50 estadounidenses más ricos tienen un patrimonio económico equivalente al de los 165 millones de ciudadanos más pobres de ese país, según el Banco de la Reserva Federal. Durante los seis primeros meses de este año, el patrimonio de los 50 más ricos aumentó 339 mil millones de dólares. La pandemia está dejando muchísimos perdedores y unos cuantos ganadores.

Antes de la Covid-19, el principal resultado de la revolución tecnológica de los últimos 30 años fue el acceso de miles de millones de personas a un mundo de información, que incluye el mayor desfile de bienes de consumo y objetos aspiracionales que la humanidad haya conocido. Aunque un mejor nivel de consumo viene aparejado de un mejor nivel de vida, la web ha acelerado la concentración de la riqueza en mercados muy ineficientes. Si puedo traer un producto de Amazon más barato, no lo voy a adquirir de una tienda local que lo ofrece a un mayor precio. Mi acto de racionalidad económica termina perjudicando a mi familia y a mí, porque la tienda local paga impuestos y seguro social, y mantiene una planilla de colaboradores junto a una red de proveedores que, muy probablemente, de forma directa o indirecta, también me dan de comer.

Las democracias no garantizan resultados personales para ningún ciudadano. La creciente desigualdad junto a las viejas plagas de la corrupción, la delincuencia organizada y la ineficiencia de muchos servicios públicos, se cargó de esteroides gracias a la pandemia. Thomas Friedman, el maravilloso columnista del New York Times, ha dicho repetidamente que la pandemia es solo un ensayo de lo que traerá el cambio climático. Una gran cantidad de Estados democráticos que se han quedado cortos frente a la pandemia, no pueden enfrentar la carga de las narcomafias o del cambio climático. ¿Significa esto que las democracias son una especie en peligro de extinción?

Los sistemas democráticos nacieron como un fenómeno de élite. En la Atenas de Pericles, vivían 300 mil habitantes, pero solo 6 mil varones acaudalados eran ciudadanos. Ni las mujeres, los pobres, las personas con discapacidad, los extranjeros y los esclavos podían participar en el proceso “democrático”. Unos 18 siglos más tarde, el Rey Juan “sin tierra” firma en 1215 la primera Constitución del mundo. Esa Carta Magna le reconocía derechos a 25 señores feudales de la nobleza inglesa y, por delegación, a los varones libres que tuvieran propiedades. Le tomó seis siglos más a esa nación abolir la esclavitud, y otro siglo adicional para reconocer la igualdad de las mujeres. No ha sido un camino corto ni un recorrido rápido.

Maravillosas democracias desaparecieron a manos de dictaduras, se perdieron en el fanatismo religioso o en medio de tiranías ideológicas. Un número importante de democracias débiles se mantienen coqueteando permanentemente con el autoritarismo por el populismo. Los Estados nacionales que son la base de una parte importante de las democracias latinoamericanas, africanas o del este de Europa, tienen una alta propensión hacia la condición de Estado fallido. Para Max Weber, un Estado fallido era aquel que no tenía el monopolio de la fuerza dentro de sus fronteras. Esas otras fuerzas tienen el rostro del crimen organizado, el narcotráfico e incluso segmentos de las propias fuerzas de seguridad que responden a otras agendas.

Si los desafíos externos, como la pandemia y el cambio climático, y las amenazas internas, como la desigualdad social la corrupción y la ineficiencia del Estado, se constituyen en tendencias que debilitan la democracia, entonces la consecuencia sería que estos regímenes estuvieran destinados a desaparecer por ineficiencia, caos social o la necesidad de un orden estricto.

El economista indio Amartya Sen presentó un caso convincente en el cual las sociedades libres responden mejor a las crisis que las tiranías. Sen encontró que las grandes hambrunas que aún viven los países asiáticos y africanos, no son causadas por la falta de alimentos, sino por la desigualdad en la distribución de los mismos. La libertad de los ciudadanos para criticar a sus gobiernos, le permitió a los países democráticos enfrentar y mitigar mucho mejor las hambrunas, que las dictaduras. Así, queda claro que la clave para la sobrevivencia de las democracias es escuchar a la gente, y atender sus problemas.

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