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PARQUE SOBERANÍA

Los murmullos del charco

Dentro de la zona protegida hay varios senderos concurridos, pero hay uno cuya refrescante laguna aumenta su atractivo.

Suenan las cigarras, las aves y las hojas que caen al no poder soportar el peso de la llovizna necia del mediodía. A lo lejos se escucha un murmullo sobrio, casi imperceptible, pero que invita a seguir por el sendero que termina con una pequeña cascada y un charco de agua fresca en medio de la selva tropical. Una imagen que bien podría definir a Panamá sin la necesidad de añadir nada más.

Se trata del charco del parque Soberanía, un lugar a tres minutos en automóvil de la entrada del parque municipal Summit, y a 30 minutos del centro de la ciudad. Es un área protegida por ser cuenca de la zona del Canal, por lo que el verde casi que encandila.

El charco, sin embargo, no se trata únicamente de un cuerpo de agua. Tiene un sendero de unos 30 minutos con una baja dificultad y que sirve de excusa perfecta para terminar el recorrido en la pequeña laguna, alimentada por el río Sardinilla, uno de los tantos arroyos que cruzan los bosques contiguos a la ruta canalera.

Hay un bohío con baños y parrilla, y que sirve para protegerse de la lluvia. También funciona de comedor, como lo demuestran dos mujeres que trabajan en una oficina en Balboa y decidieron tomar allí su almuerzo. “Venimos ocasionalmente, cuando queremos relajarnos un poco más”, dice una de ellas, que prefirieron permanecer en el anonimato.

También hay unas bancas rojas alineadas de manera tal para que cuando haya grupos grandes todos puedan escuchar y ver a su guía.

Llovió fuerte durante la mañana. Aun así, del parque sale un grupo como de unas 20 personas. Parecen turistas. Se suben a un pequeño bus blanco y parten.

En la garita de la entrada del parque no hay nadie. Allí se anuncian los precios que cambian si el visitante es adulto, niño o extranjero.

Comienza entonces un tramo asfaltado a orillas del arroyo. Huele a tierra mojada, a humedad, a verdor, a vida. Y entonces aparece imponente el charco. La lluvia enturbió el agua, chocolatosa y llena de ramas, pero que incluso así provoca un chapuzón.

A un costado aparecen unas escaleras de tierra que son el punto de partida para el sendero, que incluye otros puentes y el privilegio de estar refugiado bajo los árboles. También se pueden apreciar distintos animales, como el perezoso, ñeques, ranas, monos y una gran cantidad de aves.

Pero a lo lejos sigue el murmullo del agua que se deja caer entre las piedras hasta llegar al charco. Sinfonía perfecta. Y es inevitable pensar únicamente en poder zambullirse allí, en esas aguas frescas, en medio de los árboles que cubren al cuerpo de agua, escuchar allí el trino de las aves, mirar los helechos, rendirse ante la seducción de parajes verdes que todavía quedan -aunque menos- en el istmo.

Al salir llegan otras tres personas. En menos de una hora, más de 25 personas visitaron el lugar, en un día a mitad de semana. Es el poder que poseen los murmullos que llaman dentro de la selva tropical.


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