Sin duda, el hecho más trascendental de esta semana ha sido la designación de los candidatos a magistrados de la Corte Suprema de Justicia. El peso que está sobre ellos es de los mayores que yo recuerde. No se trata de simples nombramientos, como los que se han hecho en el pasado para esos mismos puestos. Está muy lejos de serlo. Y la razón es que, si no enderezan el rumbo de la justicia, nos quedaremos sin ella.
Panamá atraviesa desde hace algunos años una degradación sin precedentes, con el firme y decidido apoyo de magistrados que han hecho gala de su completa y absoluta indiferencia por el futuro del país, anteponiendo su bolsillo a sus deberes como operadores de justicia; entregando la institucionalidad al mejor postor. Han sido, en su conjunto, la peor de todas las Cortes, como esta Asamblea Legislativa, que se perfila como una de las peores, por no decir la peor de todas.
Así que no es poca cosa la que llevarán sobre sus hombros. Se trata de la mayor de las responsabilidades, en un país que corre con entusiasmo hacia su propia desgracia. La corrupción está enquistada en todos lados y con toda seguridad los nuevos magistrados serán objeto de presiones, de campañas, de vejámenes de todos los tipos, porque es que la corrupción es un ser vivo, que se defiende con garras y colmillos; con métodos despiadados. No olvidemos lo ruines que pueden ser los corruptos. Y en este país sobran los ejemplos.
Si ellos permiten que la corrupción se apropie del todo de las instituciones nacionales, habremos fracasado. Y lo que vemos en las calles será aún peor. Desde hace mucho tiempo venimos oyendo que el narcotráfico ha penetrado el sistema político local. De ello se habla desde hace años, pero últimamente, en especial. Y siendo un delincuente, no hay mejor lugar donde estar que en el gobierno, pues ello casi que garantiza inmunidad.
Así que no es de extrañar que la delincuencia aspire a un cargo público. Y no es que les interese hacer algo por el país. ¡Qué va! Lo que les interesa es tener acceso al privilegio de la impunidad que sólo pueden dar operadores de justicia, gracias a sus conexiones con los partidos políticos, que siempre se han asegurado de poner en la Corte a magistrados maleables o igual que ellos: corruptos.
Estas designaciones, en consecuencia, son trascendentales. Si los nuevos magistrados son absorbidos por la lacra que impera en el Órgano Judicial, la delincuencia será la que gobierne este país y entonces ni sus hijos ni hermanos, padres, abuelos, amigos ni ninguno de nosotros estaremos a salvo.
Y ya no serán ratas las que nos gobiernen. Serán hambrientas y agresivas hienas con las que tendremos que lidiar. Nosotros seremos sus fáciles y apetitosas presas. Caerá entonces el Estado de derecho y reinará la ley de la selva. Así de jodidas están las cosas.

